martes, 28 de abril de 2015

Los campos de batalla (Sobre la fotografía cubana contemporánea)


...nos comemos la tierra y la tierra, que es cabal, seguramente nos devolverá el favor.
Antonio José Ponte. Las comidas profundas

Ossain Raggi. Calimete. De la serie Campos de batalla 1895-1898, 2013
A principios de la década de 1990, cuando la economía en Cuba se encontraba en el momento de su crisis más profunda, las jineteras cubanas pusieron de moda el lema “¡A la batalla!”, que inmediatamente se generalizó como un irónico grito de guerra, en un escenario que había dejado de ser heroico definitivamente. La transformación de la sociedad cubana en el siglo XX puede ser medida por el tránsito desde la frase bélica que da inicio al himno nacional (“Al combate corred bayameses”) hasta esta otra frase, “¡A la batalla!”, grito de supervivencia, que enseguida se cargó de una sorda lujuria. En ese período, calificado como “especial”, no sólo cambió el sentido de la “lucha”, sino cambiaron sus escenarios. La batalla se libraba en todos los frentes, diría el discurso oficial, con su habitual pomposidad. Pero eso en realidad significó una reducción del mundo al espacio íntimo y un afianzamiento del cuerpo individual como referencia de la realidad.
En los años más intensos del “período especial” el espacio público era percibido como un ámbito hostil y árido. El ambiente no transmitía la sensación de que se estuviera viviendo una era gloriosa en la que todo debía ser fotografiado. Se había perdido lo que Lisandro Otero describió en una de sus novelas como “aquella sensación de comenzar la historia”. Y ni siquiera quedaba la nostalgia.

Dos décadas después, cuando el fotógrafo Ossain Raggi inauguró en la Fototeca de Cuba la exposición Campos de Batalla 1895-1898, resultaba difícil encontrar algún dejo de nostalgia en su regreso a los lugares donde tuvieron lugar los combates de la guerra independentista de 1895. 
El proyecto de Ossain parece concentrado en la necesidad de una experiencia personal de la historia, por medio del acto fotográfico. No resulta en un embellecimiento del lugar ni en una investigación sobre las posibilidades narrativas de la fotografía. Lo que hace es plantear la contradicción entre la grandilocuencia del relato histórico (en algunos casos, hasta el término “batalla” parece exagerado) y la indiferencia con que sigue desarrollándose la vida en esos lugares, en los que se habita entre los monumentos y el olvido.
Manuel Piña. De la serie Rastros,  2003
No puedo tocar este tema sin mencionar la obra de Manuel Piña. Por lo menos dos de sus proyectos más importantes tienen que ver con la memoria colectiva y los relatos oficiales, y resultan en imágenes que transmiten una cierta banalidad. Sobre los monumentos (1998-1999) es una serie de fotografías de sitios donde hubo monumentos que fueron destruidos por la revolución. Los sitios fotografiados carecen de atractivo visual y las fotografías mismas, a pesar de que son cuidadosamente elaboradas en su composición, no representan nada que sea interesante a primera vista. La serie Rastros (2003) vuelve sobre ese tema desde otro ángulo: los campos donde en una época la población civil, organizada en milicias, hacía prácticas militares para defenderse de una supuesta invasión norteamericana. Esos terrenos, abandonados y cubiertos de maleza, han quedado como restos de una batalla que nunca ocurrió, excepto en el plano de los simulacros. Manuel Piña los representa como fragmentos de un paisaje en el que la belleza se reproduce también con un matiz sospechoso. 
Más recientemente lo épico es tratado con una ironía más explícita. Las imágenes más llamativas de la serie La guerra fría, de Rigoberto Oquendo (Chacho) son dos fotografías de sendos refrigeradores, uno fabricado en Rusia y otro en Estados Unidos, ambos igualmente vetustos y con aspecto de reliquias. Los encuadres cerrados enfatizan la superficie metálica donde se destaca la marca de cada refrigerador y el idioma en que está identificado. El close up crea un efecto confuso: nos acerca a la identidad del objeto hasta el punto en que esa identidad se disuelve. Además de lo ingenioso que resulta el juego de palabras e imágenes, el motivo de las fotografías nos remite al hecho de que, para los cubanos, la verdadera guerra se ha estado librando durante décadas alrededor de la despensa.
Rigoberto Oquendo. Frigidaire. De la serie La guerra fría, 2006-2007

Rigoberto Oquendo. Moskova. De la serie La guerra fría, 2006-2007




Abigaíl González. De la serie Hormonalmente tuyo, 2002


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