martes, 26 de agosto de 2014

Mujeres muertas y poetas malditos. Crítica de la obra de Gerardo Montiel con efectos colaterales (I)

Primer apunte: espiritual, infierno, epifanía, locura


En diciembre interrumpí la lectura de 2666, la novela póstuma de Roberto Bolaño. El recuento de mujeres asesinadas se me hacía agobiante. Ni la monotonía en la narración ni el tono de reporte, entre periodístico y forense, atenuaban el impacto de tanta muerte absurda o de tan absurdas maneras de morir. Y ni siquiera el absurdo le quitaba a esas muertes el sentido ordinario y cotidiano que da la acumulación. Por eso mismo (por el tono periodístico y forense) y porque ese pasaje de la novela se desarrolla en México, me era difícil leerlo como ficción.
Ahora, leyendo Estrella distante, me encontré otra vez con el tema de mujeres asesinadas, en un fragmento en el que la fotografía tiene un protagonismo inquietante: 
La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que se deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados…Las fotos, en general (según Muñoz Cano), son de mala calidad aunque la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima. El orden en que están expuestas no es casual: siguen una línea, una argumentación, una historia (cronológica, espiritual...), un plan. Las que están pegadas en el cielorraso son semejantes (según Muñoz Cano) al infierno, pero un infierno vacío. Las que están pegadas (con chinchetas) en las cuatro esquinas semejan una epifanía. Una epifanía de la locura.
Algo en ese fragmento me recordó a la obra de Gerardo Montiel. Por supuesto, la figura de la mujer desmembrada y la evocación del maniquí. Pero hay algo más, ciertas palabras que evocan otras imágenes y que -sentí de pronto- pudieran haber sido dichas por Montiel o a propósito de sus propias fotografías: “espiritual”, “infierno”, “epifanía”, “locura”…
Gerardo Montiel. Nocturnal de cuerpo sin cabeza. Serie Primeros apuntes para una teoría del infierno























Para no dejar cabos sueltos tengo que hacer una digresión. Ese tema de las mujeres desmembradas también me remite a la serie Lo que queda del día, de Daniela Edburg. Lo que inquieta en esa serie es que a primera vista no queda claro si uno está viendo mujeres que parecen maniquíes o maniquíes que parecen mujeres. Daniela Edburg ha dicho: “Me gusta trabajar en el borde donde las cosas se contradicen, donde es muy claro que la artificialidad es la verdadera naturaleza humana, donde un cuerpo al descomponerse hace que de la tierra broten enormes y brillantes flores de plástico.” Con tanto artificio y tanta lujuria, esas fotografías de Daniela Edburg representan el horror en su faceta más obscena.
Gerardo Montiel está en el extremo opuesto de Daniela Edburg. Ella es luminosa y diurna. Él es oscuro y nocturno. Ella es aparentemente cínica. Él es esencialmente romántico. Ella toma con ironía la relación fotografía-texto. Él toma la palabra con una seriedad casi solemne, como consciente de que está tratando con la materia simbólica por excelencia. Ella piensa la fotografía como objeto de exhibición. Él la trata como a un objeto de culto. Ambos acuden al fetiche, pero ella hace que el fetiche se desdibuje en medio de la ilusión y la parodia, como si no dejara de ser el fetiche de otro, con un toque de ligereza mundana. Mientras tanto, él señala al fetiche como quien hace una premonición que nos involucra a todos, con acento trágico. 
Son dos de los temperamentos más fuertes y más definidos dentro de la fotografía de “puesta en escena” en México. Haciendo una lectura local y ciñéndome a mi percepción de las representaciones de la violencia y la muerte en la fotografía mexicana, diría que Edburg y Montiel marcan ciertos límites entre los que se mueven algunos de los autores que trabajan esos temas. Límites que no pueden ser forzados, so pena de caer en la frivolidad o el melodrama.
Daniela Edburg. Jamón, Jamón. De la serie Lo que queda del día


























En un ensayo con el ambicioso tema de “lo espiritual en la fotografía”, publicado en ZoneZero, hace varios años, yo hablaba de la necesidad de abordar lo espiritual como una subjetividad que se encarna en el cuerpo e incluso en las cosas, mientras sugería que la fotografía fuera entendida como una objetividad que tiende a disolverse en medio de enfáticos procesos de subjetivación. En ese contexto yo subrayaba: “Las alusiones que he hecho a la fotografía como “objeto débil” se sostienen en gran medida en la detección de esos elementos de subjetividad que contribuyen a una suerte de explosión del objeto fotográfico, minando su monumentalidad y su pretensión de inmutabilidad y solidez.” 
Aún manteniendo esas referencias, creo que en la obra de Gerardo Montiel lo espiritual puede ser leído como una fuerza que habita al sujeto y que trata de desbordarlo, a veces violentamente. No sé si él se imagina a sí mismo como un sujeto que sufre, pero lo cierto es que la imagen del tormento se hace cada vez más nítida y persistente en su obra. El tormento como purificación y la violencia como liberación del espíritu son ideas cargadas de una inobviable religiosidad. La primera está en Dostoievski (en la figura ligeramente cómica y lastimosa de Marmeladof antes que en Raskolnikof), la segunda está en Nietzsche: esa necesidad de crear las propias reglas, en la conocida parábola del camello, el león y el niño, por ejemplo. ¿Serán esas las claves del perfil psicológico del asesino de mujeres en Estrella distante?
Así lo describe el narrador, casi al final de la novela: “Parecía dueño de sí mismo. Y a su manera y dentro de su ley, cualquiera que fuera, era más dueño de sí mismo que todos los que estábamos en aquel bar silencioso.” ¿Ese adueñarse de sí mismo, esa emancipación dolorosa, constituyen el proyecto “espiritual” de un psicópata?
Gerardo Montiel. Como una Venus. De la serie Primeros apuntes para una teoría del infierno





























Goyo Cárdenas, conocido como “el estrangulador de Tacuba”, es probablemente el asesino serial más famoso de México. Gerardo Montiel cuenta el impacto que le causó su historia: “Me resultaba fascinante conocer cómo piensa un asesino serial que experimenta una ruptura entre la línea del juicio, la autocrítica, su mundo alterno, y la manera en que glorifican y enaltecen a sus víctimas…” Según Montiel, conocer esas historias en su infancia le cambió la perspectiva sobre la condición humana. Ahora podemos pensar ese cambio como determinante en la formación de una exacerbada consciencia de lo estético. Por eso él no titubea al comparar la devoción del asesino con la de un pintor de Madonnas del siglo XV.
No dudo que algunos de estos personajes consideren que están haciendo arte -más allá del límite del arte- con los cuerpos de sus víctimas. Ello significaría forzar las fronteras naturales de la trascendencia. Según cuentan, Goyo Cárdenas mató a esas mujeres para después tratar de revivirlas con sustancias químicas de su propia invención. Es poco creíble, pero la ficción aquí es coherente con la finalidad “estética” del asesinato. No me sorprendió la noticia de que, después de 30 años de reclusión, el estrangulador de Tacuba tuvo su propia exposición de pintura en una galería mexicana. Al parecer, las críticas fueron favorables.
Gerardo Montiel. Marina. De la serie Cicuta

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