miércoles, 26 de marzo de 2014

Las cosas son raras

Alejandro Pérez Falconi. Alejados de las tiendas del pueblo

Nada es lo que parece. Y mientras más se parecen a sí mismas, las cosas, más desconfianza deberían provocar. Parecerse a sí mismo ya implica el desdoblamiento. Sólo hay similitud cuando hay otredad. La similitud no es cuestión de dos, sino de tres términos. De ahí podemos derivar otro sesgo para el tema del referente de la fotografía que, en las obras de Alejandro Pérez Falconi, se vuelve especialmente complejo, no por incomprensible, sino por ambivalente: El referente no es la cosa fotografiada, sino su recuerdo. La mejor manera de reconocer el tema de la serie Pulsaciones es acudir a nuestra propia memoria. Tal vez entonces el referente se nos aparezca como algo vago y desdibujado (ubicuo y plural), pero más cerca de la experiencia de realidad que tenemos cotidianamente.

Pudiera decir: la realidad parece real, pero no lo es. La vida se parece demasiado a la vida, pero no es. Yo me parezco demasiado a mi mismo, pero no soy. ¿Qué es lo que falta de mí en la representación de mí mismo?¿Qué es lo que falta de real en la representación de la realidad –o, digamos, en toda representación? Tal vez un extra de inaccesibilidad. Tal vez ese lastre de imposibilidad que arrastra siempre la conciencia. Sin embargo, la palabra realidad está muy socorrida porque es el comodín para hablar de todo tipo de fotografías y es el argumento de cualquier discurso sobre fotografía. Es la coartada para romper el silencio que impone cierta clase de fotografía y es la llave para sacarnos de la incomprensión y la parálisis que proponen algunas fotografías. 
Alejandro Pérez Falconi. 4´ 33"


Frente a las fotografías de Falconi la palabra realidad solamente puede ser usada como signo de lo elusivo. “Things are queer”, tituló Duane Michals una de sus series más sugerentes. Creo que con eso no se refería tanto a una cualidad física de las cosas, sino precisamente a esa condición elástica e inestable de lo real. Las cosas, cuando son miradas desde cierto ángulo, muestran su capacidad para resistirse a una lógica disciplinaria y a un orden de lo real que es confortablemente represivo. Desde que vi Pulsaciones pensé en aquella serie de Michals. Falconi hace que las cosas parezcan raras en su inmediatez y en su familiaridad. Pero sobre todo –y es en eso en lo que más me recuerda a Michals- hace que cada cosa parezca pertenecer a un universo particular, contenido y continente de otros universos.

Eso es lo que, en estas obras de Falconi, me hace reconocer ese ángulo subversivo, que descentra nuestra posición ante el tiempo y el espacio. La secuencia de la serie parece esconder una estructura autorreferencial. Los árboles fantasmagóricos de Cubiertos por una capa de nubes pudieran ser los mismos que rodean a un carrito de comida en Como en otras partes del mundo. ¿Y no aparecen de nuevo, como una escenografía lúgubre, en 4´33”? El carrito es el mismo que vemos en Alejado de las tiendas del pueblo. El interior desolado en Bajo las cosas mismas pudiera corresponder a la casa en El único huésped. Todo parece corresponder a un mismo lugar y una misma circunstancia, desarticulada para que la intuición –y la intención- del espectador reúnan las piezas, en un ejercicio al mismo tiempo detectivesco y lúdico. 
Alejandro Pérez Falconi. Bajo las cosas mismas
Pulsaciones es un ensayo con las variaciones narrativas de un evento que no tiene principio ni fin. Tal vez eso fue lo que me hizo repasar las hojas de Rayuela, la novela de Cortázar, buscando afinidades entre las fotos de Falconi y la literatura. Entre sus páginas encontré citado a Jean Tardieu: “¡Pero no se vaya a pretender que soy yo! ¡Vamos! Todo es falso aquí. Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida, entonces encontraré mi verdadero rostro.” Esta es la exclamación de un sujeto exiliado de la realidad. Pero la frase no tiene el tono de una queja, sino más bien de un comentario sardónico, aunque un poco amargo.

El realismo en arte, cuando no es irónico es ingenuo. Pudiera pensarse que en las obras de Falconi la ironía radica en que produce un duplicado de las cosas antes de fotografiarlas. Lo hizo con sus modelos en plastilina de obras de arte, en la serie La religión sensible, y lo vuelve a hacer ahora. De hecho, si no fuera por la ironía, todo el proceso tendría un más acentuado aire de ociosidad. Sin embargo yo creo que lo irónico está, no en hacer los modelos, sino en fotografiarlos. Es la fotografía lo que, en la obra de este autor, se convierte en una operación engañosa, precisamente porque aporta una dosis de verosimilitud. 
La verosimilitud se encarna en la similitud. El doble icónico es más persuasivo cuando su origen es fotográfico. De hecho, parece exigir una actitud más reverente, como un acto de fe. El doble fotográfico se presenta como verdad. ¿Y no es eso lo verosímil: lo que se parece a la verdad?

Y, sin embargo, “todo es falso aquí”. Haciendo gala de una especial vocación para la manufactura, Alejandro Pérez Falconi construye minuciosamente sus escenas, como si fueran, no el espacio predestinado a una acción teatral, sino la acción teatral en sí misma. Cada foto representa un momento de inacción, un especie de pausa entre lo que puede haber ocurrido y lo que puede estar por venir. La atmósfera general sugiere lo que se cierne, lo premonitorio. Y sin embargo, es en esos lapsos de inactividad donde se concentra toda la fuerza dramática de estas obras. 

Alejandro Pérez Falconi. Como en otras partes del mundo

























La palabra “pulsaciones” pudiera referirse a esos lapsos. Estamos demasiado acostumbrados a aceptar que la vida es un continuo lineal sin intersticios. Sin embargo, cada momento tiene una unidad y goza de una cierta autonomía. En esa zona de aparente autonomía es que trabaja Alejandro Pérez Falconi. Eso es evidente incluso en el nivel del discurso. Los títulos de cada fotografía en esta serie son unidades aisladas, a pesar de las filiaciones entre las diferentes imágenes. La escena que representa una cancha de basketball permite ver al fondo el recurrente carrito de comida que aparece en otras fotografías, pero el título Sé fiel al juego, ya que el juego va a ser fiel a ti no tiene ninguna conexión con el título Alejados de las tiendas del pueblo. Los títulos no son descriptivos, sino que obligan a reelaborar poéticamente la relación fotografía-texto, produciendo una nueva situación imaginaria, relativamente independiente de la escena fotografiada, o aparentemente externa a ella. Por eso la relación entre dos fotos no se reproduce en la relación entre dos textos. Eso también explica la diferencia entre el carácter abierto y fragmentado de la narración en la serie de fotos y la unidad narrativa que posee un video producido con las mismas fotografías. 

En el video esa unidad está basada en la edición y en la función del sonido. Ahí la relación entre el sonido y la fotografía sí es descriptiva y, en sus variaciones dentro de un rango dramático, produce una situación narrativa bastante típica. He visto el video como una pieza independiente de la serie fotográfica, pero lo cierto es que la narratividad del video permite ver de manera diferente cada fotografía. Con el video se puede organizar mejor el sentido de esas imágenes en torno a un relato de violencia, suspenso y muerte. 
Hay ironía en las evocaciones de un estilo cinematográfico o las citas a esquemas narrativos propios de los medios de masas. Todo el tiempo persiste la sensación de que hay un vacío que debe ser llenado por el espectador. Se nos ofrece el contexto de una historia, pero nosotros debemos imaginar a los protagonistas. Las sugerencias visuales evocan una ausencia, pero también producen un efecto de sustitución, al estilo de algunas figuras retóricas, como la metáfora o la metonimia.

Decir que estas obras representan ficciones es algo ya trivial. Lo más estimulante pudiera ser detectar cuánta afinidad hay entre esas ficciones y lo que solemos aceptar como real. Viviendo en México no puedo evitar asociar las imágenes de Pulsaciones a una cotidianidad de violencia y miedo, en la que la catástrofe se vive en un constante vaivén entre la fantasmagoría y el espectáculo.
Alejandro Pérez Falconi. Cubiertos por una capa de nubes


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