sábado, 8 de marzo de 2014

Contraesquinas. Fotografías de Vittorio D´Onofri


Hay dos tipos de personas en las esquinas: los que pasan y los que ven pasar. Es un lugar que puede ser habitado y transitado simultáneamente. En mi barrio la esquina era el punto de reunión, la referencia geográfica y social del grupo. Y tenía su propia temporalidad. Una temporalidad residual, casi agónica. Era el lugar de la espera, pero también el lugar donde se pasaba el rato, donde se mataba el tiempo.
La esquina es una de día y otra de noche. Su apariencia e identidad cambian de acuerdo al ángulo de la luz o la inclinación de las sombras. También cambian los hombres y las mujeres que se estacionan ahí. En cierto momento la esquina se vuelve el lugar de la emboscada, del engaño y la traición. Repentinamente se convierte en el lugar de la muerte y la catástrofe. El lugar de lo súbito y lo inesperado. Para algunas religiones afrocaribeñas, la esquina es un lugar peligroso y ominoso, sobre todo en ciertas horas del día o de la noche. Ahí se estaciona el mal. Ahí concurren las muertes y los accidentes. Ahí viven los dioses del destino, de la duda, con su irónico avatar.

La esquina es el lugar de lo imprevisible, porque nuestra visión está limitada. Obligada a multiplicarse, la mirada termina dividiéndose, fragmentándose. Porque la esquina impone su sentido oblicuo –abrupto- a la mirada. Si digo que estas fotografías de Vittorio DOnofri están tomadas en contraesquina me refiero a un emplazamiento del cuerpo respecto al espacio, pero si digo que están tomadas desde la esquina me estoy refiriendo a una voluntad de desplazamiento de la mirada que se adapta a la geometría y a la lógica del lugar. Al contrario de lo que usualmente se siente, la esquina no reclama una visión frontal, sino periférica.
Me parece muy afortunada la elección de la cámara estenopeica para la realización de esta serie. La estenopeica genera una experiencia elástica del tiempo y el espacio. Lo que se produce visualmente es el resultado de un tiempo largo de exposición combinado con un ángulo ancho de visión. La composición se expande desde el centro hacia los bordes, como impulsada por una fuerza centrífuga. El movimiento de la mirada le resta singularidad  y hegemonía al centro focal. El foco es siempre inestable. Los objetos pierden nitidez. Todo lo que se mueve corre el riesgo de difuminarse. Esa disolvencia es la representación del transitar y del transcurrir. Mientras que una parte de la tecnología parece dirigida a ofrecer modos más sofisticados de eliminar toda evidencia del transcurrir en la fotografía, la estenopeica privilegia la representación del tiempo, extendiendo el tiempo de la representación.

En la estenopeica se diluye el instante. No hay momento decisivo. Mientras reviso y comento estas imágenes, no puedo apartar la mente de una escena emblemática: el Boulevard du Temple a las 8 de la mañana, fotografiado por Daguerre. Presiento en ese viejo daguerrotipo el anuncio de lo que será siempre una de las funciones principales de toda representación fotográfica: la reelaboración estética de nuestra relación con el estar y el transcurrir. El aspecto desolado de la escena, el aire espectral de los edificios, los árboles y las sombras, la ausencia dramática de todo lo que se mueve, la soledad absurda del cliente de un limpiabotas; todo esto concurre en un efecto de fantasmagoría.
Lo que me fascina de la imagen de Daguerre es el aura en que se traduce toda la operación estética. En las fotografías de DOnofri, aunque sin la seductora pátina de lo antiguo, encuentro evidencias de ese “intercambio” que Juhani Pallasmaa atribuye a toda experiencia artística: “…yo le presto mis emociones y asociaciones al espacio y el espacio me presta su aura, que atrae y emancipa mis percepciones e ideas.” Aquí la fotografía es la superficie donde se inscribe ese intercambio. O, para decirlo mejor, la forma es la organización que expresa ese intercambio.

Con el movimiento de las composiciones y los múltiples puntos de fuga se genera un efecto de descentramiento que deriva en una sensación de caos. Las escenas tienen esa inquietud propia de los minutos previos a la tormenta. Vittorio crea atmósferas pesadas y amenazantes, que contrastan con la tranquilidad de la gente en las calles.
En verdad esa visión es muy diferente del pintoresquismo con que muchas veces se ha fotografiado a los sujetos y a la arquitectura en Oaxaca. Y sin embargo hay algo teatral en el aspecto general de la serie y eso hace que definirla como un “registro” suene demasiado conservador. En todo caso, el término obliga a preguntarse: ¿Registro de qué?
Primero hay que hacer una acotación: este proyecto tiene un doble carácter. Por una parte funciona como proyecto de autor y por otra es un proyecto de documentación, con implicaciones históricas. Todas las ciudades cambian y Oaxaca no es la excepción. Algunos de los edificios fotografiados por Vittorio DOnofri al principio de este proyecto ya no existen. Muchas de las esquinas han cambiado. Dentro de algunas décadas este archivo sera una referencia obligada para historiadores, urbanistas y arquitectos, o simplemente para aquellos que quieran reconocerse en la memoria de la ciudad, o aquellos que sientan la memoria de la ciudad como propia. No debemos olvidar que se trata de una zona urbana declarada patrimonio de la humanidad y que esa distinción oblige a la conservación de una memoria.
Por un lado, ciertamente se está formando una colección que contiene información sobre algunos elementos visuales presentes en los lugares fotografiados, especialmente elementos arquitectónicos. El centro de la composición en cada una de las fotografías está en el volumen arquitectónico y en consecuencia cada foto nos presenta una situación única, condicionada por la localización del edificio y su relación con su entorno. Además, los edificios son de los pocos elementos inmóviles en las fotos. Sin embargo, por otra parte, el proyecto contiene un aspecto autorreferencial que es insoslayable y que se refiere al acto fotográfico, organizado mediante un emplazamiento y un desplazamiento del cuerpo del fotógrafo dentro de un territorio específico. En ese sentido la serie puede ser entendida como el testimonio o el registro de una itinerancia. Cada foto pudiera ser una marca en un mapa. Cada esquina pudiera ser un lugar colonizado eventualmente por el artista.

El sentido de “registro” se sostiene además por el aspecto cuantitativo de este trabajo, por su tendencia a la acumulación o por su vocación de archivo. Vittorio DOnofri ha fotografiado más de mil esquinas del centro de Oaxaca, siempre a la misma hora, siempre en la misma posición y en condiciones atmosféricas más o menos similares. En algún punto pudiera sentirme tentado a pensar que se está fotografiando siempre la misma esquina, y que da lo mismo si se trata del cruce de Reforma con Abasolo o de Pino Suárez con Zárate, porque los gestos del fotógrafo siempre serán los mismos, porque puede terminar ensimismado en su propio ritual, porque el acto fotográfico puede volverse autosuficiente y devenir una especie de performance.
No obstante, aunque la serie tiene mucho de énfasis en la materia fotográfica y aunque el proceso tiene mucho de concentración en el propio acto de fotografiar, la cantidad de imágenes tomadas se sostiene en la variedad del conjunto y en la relevancia que adquiere cada foto por sí sola. Puede pasarse de una imagen a otra con la certeza de que siempre encontraremos una situación diferente o algún elemento visual inesperado. Aunque redundante en su aspecto estructural, y relativamente homogéneo en tanto conjunto, esta serie de fotografías mantiene un ritmo ágil y consistente. 
Ese ritmo se aprecia igualmente al interior de las composiciones individuales.  Los edificios son estáticos, pero no inmutables. Su inmovilidad es puesta a prueba por el dinamismo que se genera alrededor. En tanto registro, esta serie no es sólo un conjunto de fotos de edificios, es también una documentación de la vida que fluye en la ciudad. Es una documentación muy poética, y sin excesivo afán sociológico, pero está centrada en la vitalidad de un espacio y una comunidad, en los signos fugaces de su presencia y su transitar. Incluso en los vacíos y las ausencias, los silencios y los lapsos que quedan a su paso.  

He caminado las calles del centro de Oaxaca. Las he caminado con todos mis sentidos y creo que se necesitan todos los sentidos para percibir el aura de un espacio como ese. He guardado en mi cuerpo el recuerdo del calor y de la lluvia, el olor de la comida, las texturas del suelo y de los muros, la luz y los colores, la música y las voces y el contacto de una mano húmeda en mi mano.  Ante esa experiencia a veces la fotografía me parece excesiva y al mismo tiempo insuficiente. Demasiado esfuerzo para retener como experiencia visual algo que no se limita a la mirada. Demasiados límites para esta necesidad de recuperar lo irrepetible.

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