martes, 25 de febrero de 2014

Un día sin cubanos



 Parafraseando el título de la película de Sergio Arau, podríamos componer este otro, también adecuado para el conjunto de fotos que Mina Bárcenas estuvo exponiendo en el Centro de la Imagen durante el mes de mayo de 2005. Esto obliga a aclarar de inicio que el tema de este trabajo fotográfico no tiene que ver con los efectos imaginarios de una ausencia repentina de cubanos en la Ciudad de México. De hecho, lo interesante es que me estaría refiriendo a la ausencia (no por imaginaria, menos dramática) de cubanos en la ciudad de La Habana, sitio donde fueron tomadas todas las fotografías.
Hay lugares que poseen iconos suficientemente fuertes como para poder prescindir de sus habitantes. Para reconocer París en una foto, no necesitamos reconocer a los parisinos que aparecen. Basta con que aparezca la Torre Eiffel. Si está la Estatua de la Libertad ya no necesitamos que haya neoyorkinos. Si vemos la pirámide de Keops, no importa si aparecen o no algunos egipcios. Pero es difícil reconocer La Habana en estas fotos donde no aparecen mulatas que sonrían a la cámara, negros bailando entusiasmados, niños jugando despreocupados, parejas besándose en el malecón, gente agobiada en una larga fila, o enracimada en algún medio de transporte público. Pareciera que en lugares como La Habana, los habitantes son los verdaderos íconos (y probablemente el verdadero paisaje) de la ciudad. Son las figuras que dan identidad al lugar. De modo que su ausencia en cada foto, es probablemente uno de los elementos más significativos, uno de los más inquietantes, uno de los más ambiguos.

Hablo de una ausencia premeditada, buscada y construida por la fotógrafa. No es una casualidad, es una necesidad dentro del discurso que la autora pretende articular. Paradójicamente, no es un discurso sobre las ausencias, ni sobre las pérdidas, sino sobre las apropiaciones, las recuperaciones y los rescates.
 Territorio de nadie reúne fotos realizadas en los diversos viajes que Mina Bárcena ha hecho a Cuba.  Durante esos viajes, Mina se dedicó a fotografiar lugares que son emblemáticos dentro de la ciudad de La Habana, en algunos casos, porque son reconocidos dentro y fuera de la ciudad, y porque de alguna manera la representan. En otros casos, el carácter emblemático viene por lo que significan o significaron esos sitios para los habitantes de la ciudad, para las personas que los vivieron, que los incorporaron a su propia experiencia cotidiana de la ciudad. Lo que sí es evidente, en última instancia es que esos sitios fotografiados por Mina, tienen para su propia biografía una particular relevancia.
Este conjunto de fotos resume una época más que un espacio. Y esto nos hace sentir que el efecto de la migración no tiene que ver solamente con el movimiento de un territorio a otro, sino también de un tiempo a otro. Emigrar no es solamente ausentarse de ciertos lugares, sino también de ciertos momentos y, de igual modo, ausentar esos lugares y esos momentos de nuestra experiencia. Y trasladarlos hacia el ámbito de la memoria. Por eso estas fotos sin gentes (esa Cuba sin cubanos) tienen la cualidad casi onírica, casi fantástica, de los recuerdos.
Las fotos vienen acompañadas de textos, alusivos a los lugares fotografiados, y a las vivencias particulares de la autora. Los textos proveen de un contenido literario a la obra, completando la imagen y haciéndola más intensa. Son evocativos, pero también narrativos, y en ese sentido complementan la narratividad de la foto. De hecho, otorgan narratividad a unas fotos, que por sí solas serían puramente descriptivas, estáticas y bastante enigmáticas.
Para los interesados en el tema cubano, que en México pueden ser muchos, estas fotos ofrecen un punto de vista no común. En primer lugar bastante deslindado de las tradicionales fotos de viajes, de las perspectivas del turista que descubre un espacio pintoresco, e incluso, del exiliado que regresa marcado por la nostalgia, a buscar un territorio ya irrecuperable y ajeno.
El territorio que nos descubre Mina Bárcenas es, como bien dice el título, un territorio de nadie, lo que es decir, de todos, un espacio sobre el cual no existe control institucional, ni individual. Esto incluye tanto esa zona de la historia recuperada por los textos y las fotos, como esas referencias iconográficas y estilísticas, también históricas, que la autora convierte en citas y paráfrasis de fina elocuencia. Pues en estas fotos podemos reconocer muchos de los símbolos y los lugares comunes que marcaron una época de la fotografía cubana, retomados con espíritu ligero, que oscila entre el homenaje y la irreverencia, entre la ingenuidad y el ingenio.
Creo que se necesita audacia, talento e inteligencia para convertir una obra de tono autobiográfico en un documento generacional (o un espacio público en un espacio autobiográfico). Tanto como para convertir una iconografía de “color local” en una iconografía ambigua y desarraigada. Mucho influyen las circunstancias para esta feliz resolución de la obra. Porque estamos hablando de un trabajo que se realizó en el momento y desde el lugar oportunos. Es decir, desde fuera y a posteriori. Eso les da cierto carácter marginal, que no  es ajeno a la posición que tiene una fotógrafa como Mina Bárcenas respecto a la fotografía cubana. De hecho, Mina es una especie de outsider de la fotografía cubana, que se ha mantenido con dignidad en esa posición periférica respecto de lo que pretendió en alguna ocasión presentarse como un movimiento. Incluso creo que si algo viene a ratificarse en este conjunto de fotos es esa posición colateral. Aunque parte del contenido y del efecto estético de estas fotos depende del hecho de haber sido realizadas por una cubana emigrada, lo cierto es que en términos pragmáticos debemos aceptar que esta obra contribuye a ratificar a Mina como una artista que ya está fuera de las corrientes que identifican al arte y la fotografía en Cuba. Algo que podemos apreciar sin dramatismos, puesto que “lo cubano” en el arte va volviéndose cada vez más indefinible. Como también se hacen difícilmente sostenibles las definiciones de lo artístico sobre la base exclusiva de rasgos nacionales o locales.
La sensación última, que retengo agradecido, es que estas fotos fueron hechas para mí. Para que yo me reencuentre en esos espacios vacíos. Para que vuelva atrás en el tiempo. Para que recupere afectos que creía adormecidos para siempre. Sin extenderme mucho en el tema, debo aclarar que a estas alturas no espero otra cosa de una obra de arte, como no sea esa capacidad de involucrarme individualmente, de convertirme en parte de su biografía, de hacerme creer que estoy predestinado a ella, como si me hubiera estado buscando por todos los museos, o galerías,  hasta encontrarme. 

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