lunes, 17 de febrero de 2014

Luis García no sabe a dónde va



Hace unos meses publiqué en este blog un artículo a propósito de las obras de algunos fotógrafos jóvenes de Oaxaca. Entonces recibí un mensaje donde se me catalogaba de demasiado “tibio” en mi crítica. El juicio en sí no me molestó mucho porque siempre he considerado que cualquiera que me critique siempre tiene, al menos, algo de razón. Pero nunca he confiado en la buena intención de los mensajes anónimos, y menos en un espacio como este, dedicado a la reflexión abierta y honesta sobre  el arte. Así que no publiqué el mensaje en cuestión, pero ahora, volviendo a pensar en la obra de uno de los fotógrafos que entonces comentaba, recordé una frase del anónimo intrigante: “Luis García no sabe para dónde va”.
La verdad es que en aquel momento esa opinión me pareció injusta con el joven fotógrafo, porque después de casi tres años conociendo su trabajo, tengo muy claro cuál es el eje narrativo, conceptual e incluso estilístico, de su obra. Lo he visto evolucionar, he visto sus logros parciales y sé muy bien –porque él mismo lo ha hecho explícito- qué es lo que busca. Ahora, después de pensarlo bien, empiezo a albergar la modesta esperanza de que el juicio emitido de manera tan rotunda –con la seguridad que confiere el no tener que responsabilizarse por las propias palabras- tuviera algo de cierto. Estoy tan aburrido de los fotógrafos que saben a dónde van. Estoy tan hastiado de lo predecible.  Creo que si hay un espacio donde lo predecible se vuelve ofensivo es el espacio del arte. 
Me gusta trabajar con autores en proceso de formación. Me agrada descubrir autores que siempre están en proceso de formación. El resto son autores acabados. Algunos se acaban sin ni siquiera haber empezado. Tienen tan claro hacia dónde van que ya no van a ninguna parte. Ya están ahí. Ya estuvieron ahí antes y de ahí no se van a mover.
























Una vez, durante una clase, me atreví a hablar –bastante a la ligera, debo confesarlo- del “destino” de la obra de arte. Una de las alumnas me corrigió de una manera tajante: “la obra de arte no tiene destino”. Aunque todavía eso puede ser discutido, lo cierto es que detrás de la idea de un viaje “sin retorno”, con la que Luis García define su proyecto más reciente, se asoma esa posibilidad de que para él la práctica artística sea ante todo un viaje sin destino preciso. Luis García está viajando con los traileros y tomando fotos, no para documentar el trabajo de esas gentes o su modo de vida, ni siquiera para hacer un testimonio de su propio itinerario, sino para encontrar y exorcizar, de manera dramática, las imágenes de su memoria perturbada por el trauma. 
Hasta ahora todo el trabajo de Luis García ha estado girando en torno a una serie de referencias de masculinidad que aluden a la figura del padre ausente. En esas elaboraciones poéticas es la masculinidad misma la que parece ser colocada en una circunstancia de crisis. Al exponer su propia vulnerabilidad, Luis García expone el reverso de esas connotaciones de rudeza y virilidad que son inherentes a ciertos espacios tradicionalmente controlados por hombres.
Como suele suceder, de lo vulnerable emana una especie de fuerza. El cuerpo desnudo, por ejemplo, adquiere un aire de poder y de resistencia, al contraponerse a la máquina o a un entorno aparentemente hostil. A veces el autor trata de  convertir la oposición en una paradójica armonía y entonces el cuerpo y la máquina entran en una relación simbiótica. En sus mejores fotografías, Luis trabaja con experiencias de choque e incluso de violencia, que parecen la reelaboración simbólica de una energía sexual precariamente controlada.

Luis Enrique García es hijo de un trailero que murió en la carretera. Tal vez en este viaje el fotógrafo encuentre el sitio exacto donde murió su padre. Tal vez ya pasó por ahí y no se dio cuenta. No deja de tener una sofisticación estética el supuesto de que el padre del fotógrafo haya perdido la vida en una de esas rectas donde el joven autor se ha detenido para hacer alguna de sus fotografías. De todas formas cada pausa en este itinerario es parte de una ritualidad en la que lo que se representa una y otra vez es la muerte del padre, como imposibilidad del regreso. En este contexto ya la muerte no es un accidente, sino el referente insoslayable –persistente- de toda la experiencia estética.
Esa es la parte, digamos, “argumental” de todo este proyecto. Creo que todavía falta mucho para una resolución formal definitiva. El argumento y las propuestas formales revelan por el momento la honestidad y el compromiso del autor con sus obsesiones. Pero siempre hay que salvar el trecho entre la verdad a secas y la verdad elusiva de la obra de arte. De momento creo que Luis García va –literalmente- por buen camino. Si llegará a alguna parte o si encontrará la ruta de regreso me resulta trivial. Ni siquiera espero que de ahí salga la gran obra. En general creo que el arte está demasiado sobreestimado en ciertos círculos. Luis García está lidiando solo con sus propios fantasmas y eso es mucho más de lo que la mayoría de la gente se atreve a hacer.








No hay comentarios: