domingo, 22 de diciembre de 2013

Ana Casas: Ese poco de neurosis


La obra de Ana Casas tiene una cualidad que Roland Barthes ponderaba en cierto tipo de textos: “ese poco de neurosis necesario para seducir a sus lectores.” Tal vez ese toque de neurosis no se advierta en sus fotografías más recientes (las imágenes de Kinderwunsch no revelan por sí solas la angustia que está en el origen de este proyecto), pero salta a la vista en su escritura. Si Ana Casas no fuera tan talentosa como artista visual me conformaría con sus textos.

La escritura de Ana Casas otorga unidad discursiva a toda su obra fotográfica. Tanto Álbum como Cuadernos de dieta y Kinderwunsch parecen atravesados por el mismo discurso. Sus ejes son el abandono y la pérdida, el desconcierto ante el presente y la desolación ante el pasado.


A contramano de ese discurso las fotografías de Kinderwunsch exhiben una generosa vocación de entrega. Ante todo Ana Casas entrega su cuerpo a la obra, provocando una intersección entre vida y arte en la que se descubre la dualidad que la propia artista se ha obligado a vivir: si bien de un lado tenemos a una persona que ha decidido trasladar la vivencia de la maternidad al lenguaje del arte, del otro lado tenemos a una autora para la cual la vivencia de la maternidad –como experiencia del cuerpo y de la memoria- es ya la experiencia estética original, de la cual la obra es solamente una reminiscencia.

Por otra parte están todas esas representaciones de la madre entregando su cuerpo a sus hijos, bien para que se alimenten o bien para que jueguen, para que se consuelen o para que se acompañen. De ahí resultan algunas de las fotografías más hermosas de la serie; también algunas de las más inquietantes y no solo por su implícito erotismo. 
Me imagino que algunas de las escenas donde los hijos juegan con el cuerpo de la madre desnuda serán difícilmente digeridas por una cultura que se niega a ver el cuerpo de los niños, que tarda en reconocer su sexualidad y que cuando la reconoce, la aísla. Sin embargo, lo más interesante es que mirando estas fotografías ya no interpreto el deseo de tener hijos solamente como deseo de ser madre, sino también como deseo de ser niña otra vez. En todo el proyecto Kinderwunsch está latente esa necesidad de recuperar una infancia perdida, o más bien de recuperar algo que se perdió en la infancia.
En ese contexto la maternidad aparece como un momento de esperanza, pero también como un momento lleno de miedos e incertidumbres. No puedo ver esas fotografíass sin recordar un antecedente imprescindible en cualquier investigación sobre el tema de la maternidad en la fotografía latinoamericana: las series Para concebir y Álbum de nuestro bebé, que realizó Marta María Pérez entre 1986 y 1987. Pero la obra de Marta María era –y sigue siendo- lacónica. La de Ana, en cambio, está poseída por un monólogo sordo, sotto voce, pero persistente.
Ana Casas tiene una obra fuerte, y no me refiero con esto a su capacidad de impacto visual, sino a su carácter. En su trabajo no hay discursos a medias, ni retruécanos evasivos. Aunque conmovedor y profundamente afectivo, su tono siempre es sobrio y directo, sin ninguna concesión al melodrama.
En el carácter de la obra se adivina el carácter de la autora. El trabajo de Ana Casas no cae en ñoñerías ni chantajes emocionales. En eso radica una buena parte de su honestidad. Y si bien podemos ubicarla perfectamente dentro de varias de las tendencias que definen lo contemporáneo en la fotografía a nivel internacional (se me ocurre media docena de exposiciones colectivas con diferentes temas en las que las fotos de Kinderwunsch entrarían con total coherencia) puedo decir sin ambages que es una obra original.
Si me preguntan en dónde radica la originalidad de la obra de Ana Casas diría que en su belleza. En realidad lo único verdaderamente original en el arte es la belleza. Todo lo demás puede ser imitado, copiado, incluso fingido. Pero la belleza siempre es auténtica e irrepetible; es una especie de verdad que no puede ser comunicada ni reproducida.

Bella, pero no idealista. Seductora, mas no superflua. A ese equilibrio ha llegado Ana Casas en su obra reciente. Es cuidadosa con la forma y consistente en el discurso. Compensa muy bien la narratividad con la potencia simbólica de las imágenes. Lo mejor de la serie -en términos fotográficos- está en las escenas. Ahí es donde la forma alcanza su mayor intensidad y poder de sugerencia. La relación entre los cuerpos y el espacio se vuelve muy armónica. Hay un efecto de misterio por el uso controlado de la iluminación. Y por momentos se presiente la conexión con una tradición pictórica.



Desde mi punto de vista algunos close up aportan muy poco en términos estéticos y son innecesariamente descriptivos. Entiendo que en algunos casos, la autora está interrumpiendo la linealidad instintiva de nuestra lectura, pero a veces parece que se encariñó demasiado con algunas imágenes y no ha podido prescindir de ellas.
Lo cierto es que una lectura lineal y cerrada de Kinderwunsch sería poco recomendable. Las zonas más interesantes de esa narrativa son los desvíos, las disgresiones y los paréntesis. Para entender eso hay que ver la serie, no como un proyecto aislado, sino como parte de un cuerpo de obras articulado por una misma intención testimonial y un mismo impulso narrativo. Si lo leemos como un reportaje sobre la maternidad lo desvirtuamos todo. En el contexto de esta obra, el kinderwunsch se refiere a algo más que el deseo de tener hijos. En el espacio simbólico, icónico y narrativo que constituye la obra, la maternidad es sólo el punto de partida para volver sobre las obsesiones más íntimas de Ana Casas: su cuerpo y su memoria o  su cuerpo como dispositivo de la memoria.
Digo “dispositivo” y pienso en “disposición”. Si por una parte nos enfrentamos a una memoria que está inscrita en un cuerpo, por otro lado reconocemos un cuerpo que siempre está dispuesto para el recuerdo. Esa disposición es también disponibilidad o accesibilidad. Y me atrevería a decir fertilidad.
Mientras escribo esto estoy recordando uno de los momentos más poéticos de la película Tideland, del director Terry Gilliam. El padre de la protagonista ha muerto por una sobredosis de la droga que solía prepararle su propia hija. Se queda sentado en la mecedora, con sus lentes de sol y una expresión estúpida en el rostro. La niña se resiste a reconocer que está muerto y durante varios días sigue hablándole y sentándose en sus piernas; lo maquilla, le pone una peluca, le espanta las moscas. De vez en cuando le reclama por haberse tomado unas "vacaciones" tan largas.
Nunca me quedó claro si la sobredosis había sido totalmente accidental.


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