sábado, 30 de noviembre de 2013

Esa pelandruja que veis a la derecha



Esa pelandruja que veis a la derecha, entre un loro en su aro y un guanajo, vestida de rojo tomate con los tacones altos hundidos en el fango, sacudida por una carcajada convulsiva que ha movido en lo alto de su cabeza un gran copete de plumas de pavo y una tiara de diamantes - en la foto, una hilera de lucecillas, de puntos emborronados; claros-, esa fletera con un pericón en la mano y ojos de mora, no es otro que yo.
Severo Sarduy. La simulación
El andrógino es ciertamente una de las mejores imágenes de la sensibilidad camp (…) la forma más refinada del atractivo sexual (así como la forma más refinada del placer sexual) consiste en ir contra el propio sexo. 
Susan Sontag. Notas sobre lo camp

                                                                                                        


Lo más exquisito en ese pasaje al principio de La simulación es el cambio de género al final del párrafo. El sujeto femenino que viene señalándose durante toda la descripción, con alegre desparpajo (“esa pelandruja…esa fletera”) resulta ser “otro” y no “otra”. Y ese otro pasa de ser alguien a quien se señala como tercera persona a ser alguien que se señala a sí mismo: “no es otro que yo”. El efecto es más sugerente porque apenas en ese párrafo descubrimos que lo que se nos ha estado describiendo es una fotografía.
La fotografía, descrita así, y nunca mostrada, revela su naturaleza teatral. Todo La simulación puede leerse como el libreto de una obra de teatro, formada por cuadros, más que por escenas. Todo lo que sucede está inmerso en una plasticidad orgánica. Y todo forma parte de una acción que se representa a sí misma.
Hay una fotografía de Nelson Morales que me recuerda a la “pelandruja” de Severo Sarduy. Quizás porque la modelo trae la misma combinación de vestido rojo, tiara y zapatos de tacón. Seguramente porque aquí también aquella es aquél. Pero sobre todo porque hay un factor de extrañamiento, un atisbo de incongruencia entre el personaje y su escenario, lo que da un toque de irrealidad o de ilusión a algo que, en sentido estricto, debería ser visto como una fotografía “documental”.   
Cierto que el escenario es polvoriento y desangelado y falta ese puntico de sobreabundancia carnavalesca y de vecindad casi promiscua que se aprecia en la descripción de Sarduy. Pero, a cambio de eso, Nelson nos ofrece un cuadro sugerente, con fuerza en el color, en la composición y en la atmósfera, con una resolución dramática del espacio y de la composición (en todo caso, más cercano a Macondo antes de la lluvia que a Camagüey después del aguacero).




Lo más interesante de esa foto es esa combinación entre naturalidad y fantasía. En la serie de travestis que Nelson Morales viene realizando desde hace tres años, esta es una de las pocas fotografías donde la modelo no está posando. La fotografía tiene todo el dinamismo de una instantánea. La protagonista no mira a la cámara; parece distraída por unos sujetos que están a bordo de un camión. En el espejo retrovisor podemos ver reflejado el rostro risueño del conductor. Parece que intercambian una broma. Toda la situación es espontánea y afable.
El trabajo que está haciendo Nelson Morales con el tema de los travestis tiene esa doble línea: una que ubica a la fantasía en su contexto y otra en la que la fantasía es el contexto. La primera está asociada a la intención original de este proyecto: hacer una documentación de la vida de los muxes, en su proyección pública, pero sobre todo en su espacio íntimo. Es una documentación que pretende hacerse desde dentro, aprovechando la cercanía con una comunidad de la que el fotógrafo se siente parte. La segunda línea se ha ido abriendo más a la puesta en escena del erotismo (o al erotismo de la puesta en escena), el despliegue de un universo de simulación y seducción, la entrega a una estética del exceso, entre lo kitsch, lo barroco y lo camp; la visualización de un imaginario candoroso y perverso como un cuento de hadas. Y por ultimo la provocación, la exhibición de una sexualidad que ya no confronta, sino que roza (casi acaricia, y eso es mucho más peligroso) a la sexualidad dominante, con la que se protege el cuerpo del espectador heterosexual.





La primera línea es la representación de un espacio, en el que pretendemos entrar, la segunda es la representación de una sensibilidad, que entra en nosotros, mientras pretendemos ignorarlo. Cada opción tiene sus ventajas y desventajas. La parte más explícitamente documentalista de este proyecto pudiera retar a la mirada folclorista y condescendiente (entre pintoresca y etnográfica), autocomplaciente en última instancia, con que tiende a verse, no solo a los muxes, sino a gran parte de esa población fotografiada como “otros”, independientemente de que sean travestis o indígenas, prostitutas o pepenadores, inmigrantes o “raros” de cualquier índole. Sin embargo, de esa parte original del proyecto han salido algunas de las fotos más convencionales de Nelson Morales.
Con la segunda opción yo siento al autor cada vez más libre, cada vez más involucrado (de pronto hasta ha comenzado a aparecer en algunas de las fotos) y -aunque ya no se use ese término- cada vez más “inspirado”. En los mejores casos siento que está jugando, que se está divirtiendo, que está evitando ese clóset de la melancolía en el que se regodean tantos fotógrafos jóvenes y que le da a ciertas zonas de la fotografía mexicana un tono peculiarmente grave. Pero, con este despliegue de cuerpos, brillos y texturas, con esta abundancia de maquillaje, guiños y contactos, se corren otros riesgos; el más evidente es el de seguir contribuyendo a ese repertorio de fetiches con que se nutre la autosatisfacción de una masculinidad que sigue rigiendo el consumo de las representaciones en una sociedad machista.


Las mejores soluciones son las intermedias: Fotografías donde el kitsch no le quita elegancia a la figura (hay que cuidarse de la cursilería, porque ahí está el germen de la mentira), escenas donde la sexualidad mantiene un halo de misterio, y fantasías que no esconden la realidad de un contexto socioeconómico precario. Pero lo verdaderamente excepcional es cuando se pasa el límite de lo previsto, bien preñando a la forma con una potencia inédita, bien estableciendo correlaciones inauditas entre la imagen y el discurso.


Con tanta proliferación y tantas posibilidades argumentales, la propuesta de Nelson Morales aparece como descentrada, regida por la improvisación y renuente a cualquier guión. La serie todavía no parece tener una estructura estable, y por momentos presiento que nunca la tendrá del todo. Mala noticia para los que solamente se sienten cómodos con lo predecible. ¿No sienten de pronto como muy triste ese panorama de fotógrafos atrapados en sus “proyectos”, como rehenes de sus “proyectos”, monotemáticos y monótonos?
La opinión “popular” ahora es que hay demasiados fotógrafos interesados en los gays, las prostitutas y los travestis. Si me hago eco de esa opinión es pensando más en el cómo que en el qué. Pero sobre todo pensando en que estos temas, trabajados sin profundidad, terminan distrayéndome, como si hubiera tenido algo muy importante en que pensar y se me hubiera olvidado de pronto. Además creo que es la sexualidad del macho la que debería ser problematizada.  Esa sexualidad bífida -reprimida y represiva- que forma parte del sistema de poder, enquistado en todos los espacios de la sociedad. Pero ni modo. La fascinación por el otro esconde siempre una fascinación por su sexo. Y sin fascinación por el otro no habría fotografía.

















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