domingo, 27 de octubre de 2013

La angustia de Marcos López


…me angustia mucho que haya tantas imágenes,
me angustia que cada vez sea más fácil tomar fotos
y me quede sin trabajo... Tanto twiter, tanto facebook
en el mundo actual. Ante la angustia, miedo,
escepticismo frente al exceso y circulación de
imágenes, miedo al streaming, temor a los espías
de marketing que leen mi facebook, paranoias varias,
globalización de mi pobre identidad...
Marcos López

La angustia es la materia prima de Marcos López, así que no creo que se quede sin trabajo. Pero comparto su escepticismo ante las supuestas bondades de esta “era de imágenes” en que vivimos. Para empezar, no creo que vivamos en una era de imágenes, sino, si acaso, en una era  de íconos. No siento que vivamos en un mundo donde la imaginación goce de mucho prestigio. Y no siento que vivamos en un mundo donde lo imaginario goce de mucha autonomía. Siento que vivo en un mundo mediocre, represivo y cobarde, que gira alrededor de dos o tres paradigmas gastados, escondiéndose detrás de una racionalidad castrante. En este mundo los íconos son parte del aparato disciplinario de la cultura. Los íconos rigen el deseo y las prohibiciones, los itinerarios y los usos del cuerpo y el espacio, los gestos y las actitudes, los gustos y las opiniones, mientras las imágenes son estandarizadas y despojadas de su poder, de su autonomía y de su potencia emancipadora.
Marcos López trabajando en un taller con modelo. Fotografía cortesía de Pedro Meyer










El espacio público está invadido por fotografías y la circulación de fotografías hace cada vez más confusos los límites entre espacio público y espacio privado. Algunos han visto durante décadas la proliferación de usuarios de la fotografía como un signo de democratización de la imagen. Yo prefiero no confundir masificación con democratización. Los usuarios casi nunca tienen el poder. No deciden las condiciones de consumo y, sobre todo, no deciden las condiciones de significación de sus propias fotografías. En ciertos contextos hasta la propiedad sobre las fotos está en duda. Es difícil pasar de ser un usuario a ser un autor. Y sin autor no hay obra de arte.
Aunque en los discursos de la crítica se nota últimamente cierta irritación por ese desequilibrio entre masificación y arte, para mí esa preocupación no se ha planteado con suficiente pragmatismo. Siempre ha habido pocos artistas y siempre ha habido pocos fotógrafos artistas. Así que la respuesta ante la abundancia de aficionados no debería ser de resistencia. Ya sabemos que el campo artístico trata de cuidar –infructuosamente- sus fronteras, pero no veo mucha posibilidad de progreso en actitudes xenófobas y aristocráticas, en nombre de algo tan ambiguo y poco promisorio como es el arte actual.
No creo que el museo o la galería sean a estas alturas los espacios idóneos para la experiencia estética más plena y más libre, al menos en lo que respecta a la fotografía. Defiendo la idea de que las funciones simbólicas y estéticas de la fotografía encuentran su plenitud en la cercanía de la persona, en la vecindad de su deseo y su luto, en el ámbito sofisticado de sus cultos domésticos, en los rituales de reconstitución de su memoria, en la organización de una identidad alrededor de las señales de la ausencia. Y de ahí, en la intersección con la memoria colectiva que sirve de referente a la comunidad. Y por otra parte, confío en el valor casi terapéutico del acto fotográfico, como gesto de interacción y de reconexión con la realidad. Tomar una foto es un gesto de una complejidad estética muy subestimada por una cultura visual en la que usualmente se entiende lo estético como algo limitado al consumo de las representaciones objetivadas en los íconos.


Ayman Lotfy. Ángel















A Moholy Nagy se le atribuye la idea de que los analfabetos del futuro serán aquellos que no sepan usar una cámara. En el mundo actual hay cada vez más personas usando cámaras y eso no los hace más ilustrados, ni con mayor capacidad para comunicar ideas de manera original y sincera. Mientras tanto el lenguaje oral y el escrito son cada vez más despreciados.
Lo que más daño ha hecho en la llamada “cultura fotográfica” no es el supuesto de que cualquier fotógrafo puede ser artista, sino el imperativo de que tiene que serlo. Parece como si se pensara (¡Ay Baudelaire!) que sólo el arte puede redimir a la fotografía de algún incierto pecado original. Por culpa de esa engañosa aspiración a ser arte, gran parte de la fotografía contemporánea ha terminado siendo el reducto de la sensiblería y la cursilería.
Jacques Derrida le daba un toque premeditadamente heideggeriano a la distinción entre lo artístico y lo no artístico en fotografía. En una entrevista que se publicó bajo el título La fotografía: copia, archivo, firma, Derrida colocaba a la fotografía en la disyuntiva entre el arte y la muerte o entre un arte ligado a la técnica y un arte “que excediera el arte y la techné (…) para poner a obrar a la verdad misma.” Y concluía: “Ésta sería la belleza o lo sublime de la fotografía, pero también su cualidad fundamentalmente no artística” (...)
La verdad que pone en obra una fotografía no es una verdad artística. Tal vez la verdad que se pone en obra mediante el arte –cualquiera que éste sea- no es una verdad artística. Quizá ninguna verdad es artística.
La muerte es lo que da un profundo sentido estético a la fotografía en el ámbito más íntimo. La forma le da sentido a la fotografía en el ámbito artístico. A veces la plenitud de la forma se alcanza capitalizando su capacidad de conmoción estética. A veces es pura superficie.
Entre la vida y el arte (o entre la muerte y el arte) hay una zona confusa donde la fotografía queda atrapada en la mentira. Pretendiendo imitar al arte, la mayoría de los fotógrafos son rehenes de una sensibilidad que cree entender la técnica y la forma, pero que no llega a comprometer el espíritu.

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