lunes, 5 de agosto de 2013

Lo que dejó el río. A propósito de una exposición de Mayte Tojim


La pieza más conmovedora de la exposición Todos los ruidos están en el río es el breve poema que le da título a la muestra. Es un texto conciso y pausado. La primera parte evoca una experiencia de contemplación e introspección, con un ritmo insistente: veo la ciudad en el río / todo está en el río / todos los ruidos están en el río… La imagen del río es apacible y monótona. Su simbolismo no es novedoso: el río recoge y purifica. Los versos asumen con sencillez su realidad poética. La imagen es aceptada con humildad. Luego cambia el tono. El río habla y a través del río fluye la voz interior de Mayte Tojim: voy al río y me dice: / las arrugas ya están marcadas, / y los ojos hundidos y los párpados caídos, / y la entrepierna carcomida por la orina / y oscurecida por los años de sangre, / y la cabeza ladeada / y la joroba pesada… En esa segunda parte del poema aparecen los motivos principales de este proyecto: el cuerpo y la memoria y una mirada absorta ante el tiempo y el dolor. La imagen parece desplazada por el cuerpo. El tono parece más directo y nos acerca más a la carne que sufre.
Mayte Tojim. Todos los ruidos están en el río

Todo el ser de la autora está comprometido en esos 11 versos y leyéndolos es inevitable suponer que lo mismo ocurre con el resto de la exposición. Mayte Tojim es una artista honesta. Esto puede parecer un juicio demasiado ambiguo, dado que en el arte los límites entre lo verdadero y lo falso están siempre en cuestión. Pero creo que es justamente esa imprecisión la que obliga al artista a concentrarse más en la fidelidad a una verdad.  Tal vez esa verdad se encuentre en uno mismo, pero es posible que a ella sólo se acceda en la relación con los otros. Lo que mejor conozco de la obra de Mayte Tojim gira alrededor de esa relación. Lo más impactante de su serie Cuerpo en construcción (2011) no era la representación y exposición del propio cuerpo, sino la manera -generosa y honesta- en que el cuerpo se comprometía en la relación con otros. Siento que hay mucho de eso también en las circunstancias que dieron origen a Todos los ruidos están en el río. A través de los olores, los fluidos, los dolores y los placeres rutinarios de otros cuerpos, Mayte nos hace presentir el suyo, entregado, no a un simulacro estético, sino a la función, antes sagrada, del cuidado y la sanación de los demás.
Mayte Tojim pasó casi un año asistiendo a las mujeres residentes en un asilo para ancianas en Francia. El proyecto que exhibe ahora, en la Alianza Francesa de México, fue pensado a partir de esa experiencia. Es evidentemente testimonial e íntimo, como un diario. Tal vez tiene algo terapéutico. Puede haber sido hecho para recordar o para olvidar. Lo cierto es que la obra se fue constituyendo mediante acumulaciones y selecciones, como la memoria misma.
Mayte Tojim. Todos los ruidos están en el río

Esta es una exposición que combina varios medios y soportes. Tiene dibujos, fotografías, videos, textiles, objetos, documentos y diversos textos escritos. Solamente enumerarlos me ha hecho dudar de que tanta diversidad sea fácil de acomodar en un conjunto, pero sobre todo me hace dudar de que sea necesaria. No estoy seguro de qué hubiera sacado yo, estando en el lugar de Mayte, pero estoy seguro de que hubiera eliminado una buena parte del obraje. Las telas oscuras con textos parecen fuera de lugar en el espacio demasiado abierto y despersonalizado de la galería. Y de pronto las fotografías tampoco encajan en la atmósfera general.
Si la primera mirada es la que vale, entonces a esta muestra le falta en lo visual toda la fuerza que tiene a nivel textual. Y no es por defecto, sino por exceso. No es un despliegue espectacular, lo cual, en el fondo, parece coherente con la personalidad de Mayte y con el tono de su discurso. Pero se siente falta de concentración, como si la autora no hubiera comprendido bien que este proyecto consiste en la producción de un solo texto y no en la acumulación de varios textos diferentes.
Últimamente he visto demasiados proyectos fotográficos sobre la muerte o la enfermedad de adultos mayores. Sobre todo, me llama la atención la persistencia de ese tema entre fotógrafos jóvenes en México. ¿Se estarán produciendo así nuevas narrativas sobre las relaciones intergeneracionales?¿Será parte de la tendencia contemporánea a trabajar en el espacio privado, a partir de vivencias más individuales?¿Es una actualización de ese imaginario de la pérdida que siempre ha estado asociado a la cultura fotográfica? También es posible que muchos lo hagan porque parece más fácil.
Lo bueno que tiene el proyecto de Mayte Tojim es que no busca las soluciones cómodas. No es la socorrida exhibición de fotografías de ancianos moribundos. De hecho estas piezas no parecen el tipo de cosas que uno hace para ser exhibidas (tal vez de ahí la dificultad para lograr una optima solución museográfica), sino algo que trata de evocar lo que se quedó pegado a la piel. Lo que el río no pudo llevarse.

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