viernes, 26 de abril de 2013

Un lugar más femenino. Introducción


Se precisa perder el control, situarse en un lugar más femenino, dejarse afectar, dejarse recibir, esperarse en otro lado,  perder referencias y seguridades.

Javier Gil


Intriga y provoca el uso que hace Javier Gil del término “femenino” dentro de este fragmento. Pongámoslo en contexto: Javier Gil viene hablando del carácter promisorio de la incertidumbre y de las posibilidades productivas del desconocimiento, dentro de una experiencia de lo estético, o incluso, dentro de una estética de la experiencia.

Es en el contexto del arte donde esa estética de la experiencia vendría a ser crucial, si la asumimos como productora de un pensamiento y una inteligencia que transcurre y que nunca llega a constituirse en certeza. La experiencia artística sería entonces particularmente propicia para sacar provecho de ese no saber y de ese no prever. Su contexto idóneo sería el ámbito de lo impredecible y de la sorpresa; sus manifestaciones más ricas serían la improvisación de nuevas referencias de realidad y la conciliación con lo no definitivo y con lo no autoritario.
Man Ray/Marcel Duchamp. Rrose Sélavy, 1920
Yasumasa Morimura. Doublenage. 1999
Es discutible desde muchas posiciones el asociar esta experiencia a lo femenino. De hecho, irónicamente, se requiere colocarse en un lugar más femenino para entender esa frase de Javier Gil. Ante todo se necesita acudir a ese rango de tolerancia que siempre solicita la metáfora. En ese contexto la imagen de lo femenino resulta atractiva porque conlleva un germen de subversión y resistencia. Lo femenino sería lo que se resiste a las construcciones epistemológicas como formas de autoridad. Y sería lo que se resiste a entender el saber y la realidad misma como estructuras previsibles e inmutables.                                                                                  
Hay obviamente un prejuicio en suponer que solamente desde lo femenino se da la opción de abrirse, de entregarse, o de “dejarse afectar”, pero en principio podemos imaginar en el planteamiento de Javier Gil una respuesta al hecho de que, históricamente, las estructuras del poder y el saber en nuestra cultura, han estado asociadas a un imaginario falocéntrico. Al conocimiento y a la autoridad siempre se les ha relacionado con una cierta virilidad y una cierta violencia, potente y posesiva. Esa virilidad también ha penetrado en el ámbito estético. Por eso, en un discurso como el de Kant, sobre la distinción entre lo bello y lo sublime se infiltra un juicio que sugiere la superioridad intelectual y moral del género masculino: “…la virtud de las mujeres debe ser bella; la de los hombres, noble…” 

René Peña. S/T, 2007






















Siguiendo esa lógica, sólo la mirada masculina podría sacar de su "frivolidad" a la representación 
de la belleza femenina. Según Bataille, la belleza es, "en el objeto, aquello que lo designa para el deseo". Calificar al sujeto como "objeto" me parece un poco truculento, pero coherente con un discurso que todavía encuentra en el cuerpo femenino el objeto perfecto. La fotografía ofrece un lugar más sofisticado para la inscripción del deseo en el cuerpo femenino y, en consecuencia, para representar al sujeto como objeto. En realidad, no creo que en las fotografías haya "objetos" propiamente dichos, sino tranferencias, desplazamientos y "tráfico" de subjetividades. Representar esa dinámica como una relación sujeto-objeto contiene ya el germen de una relación de poder-subordinación. Una estructura alternativa para la estética fotográfica no se resuelve solamente cambiando el sujeto de la representación, sino cambiando la dinámica de poder inscrita en la relación entre dicho sujeto y el sujeto que lo contempla. Siguiendo a Javier Gil pudiéramos decir que se precisa mover la mirada desde el lugar del control y la posesión a un lugar más afectivo o, más bien, afectado. 
Para ello no es menos útil el desplazamiento de la fotografía desde el sitio de autoridad que le 
confiere una cultura ocularcéntrica, como certificación del valor de lo visible, hacia una posición que 
ratifique el valor de lo imaginario y lo subjetivo en la producción de nuestra experiencia de lo real. De ahí la importancia de prácticas fotográficas que relativizan las nociones preconcebidas de 
realidad, que exploran las zonas blandas dentro de un universo aparentemente inconmovible, y que 
vuelven frágil y vulnerable la estructura autolegitimadora del documento.
Eugenia Vargas. Sin título, 1993


































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