sábado, 9 de febrero de 2013

Entre muros. Fotografías de Bernardo Aja

Bernardo Aja. S/T. De la serie Entre muros

¿Qué es lo que mueve a tanto fotógrafo preocupado por cuestiones sociales a fotografiar siempre a los más vulnerables? Digamos primero lo obvio: fotografiar a los “olvidados” es correcto, la imagen del dolor ajeno es fascinante, la compasión es terapéutica y la indignación no conlleva mayor riesgo cuando se experimenta dentro del cubo blanco de la galería de arte. No se trata de lo que suele calificarse como una atracción por “el otro”, pues en definitiva, frente a una cámara fotográfica todos somos otros. Creo que es más bien la confortable sensación de que se está fotografiando algo inerte. Después de todo, se supone que hay menos probabilidades de que un homeless nos demande.
Fotografiar a los poderosos, a los ricos o a los famosos, obliga al fotógrafo a renegociar su lugar en un territorio al que casi nunca pertenece. De esas negociaciones pueden surgir complicidades que redundan en fotografías coloridamente triviales y aburridas, o coloridamente escandalosas y aburridas. O simplemente coloridas y aburridas.
Por lo general, Bernardo Aja no retrata a nuevos  ricos, con fortunas de dudoso origen (aunque el origen de cualquier fortuna pudiera ser más dudoso, mientras más antiguo), sino a miembros de familias ilustres, herederos de una dignidad sui generis, cuya única vulnerabilidad pudiera ser su propio encerramiento entre los muros de una nostalgia narcisista.
Aunque crítico y perspicaz, el proyecto de Bernardo Aja muestra respeto por la gente y respeto por la fotografía, y esas son dos actitudes (o dos aptitudes) imprescindibles cuando los fotógrafos trabajan dentro de un espacio ajeno, privado e íntimo. Hay que mantener un equilibrio muy delicado entre la discreción y la manipulación artística y una distancia, sutil, pero precisa, entre la subjetividad del autor y la subjetividad de los fotografiados.
La serie Entre muros tiene todas esas virtudes. Pero no hay que olvidar la principal: son buenas fotos. Quiero decir que son fotográficamente buenas. Las luces, los tonos, los ritmos, los encuadres, las composiciones, el manejo de los sujetos en el espacio, la expresividad y la imaginación en la construcción de los retratos; todo eso resulta en representaciones con una calidad que es eminentemente fotográfica. Y, por otra parte, hay un ejercicio de inteligencia en el manejo de los ángulos o de ciertas perspectivas, en las intersecciones entre diversos planos o en las alusiones sofisticadas a algunos paradigmas iconográficos, lo que demuestra una mirada educada más allá de la fotografía y pone a prueba la agudeza del público.
Las puestas en escena, aunque teatrales, no son caricaturescas. Es un buen detalle, tratándose de sujetos que suelen tomar el acto fotográfico como una invitación para representar cuánto se aprecian a sí mismos. Algunos asumen las poses con solemnidad, otros con humor, muchos adoptan un aire impenetrable y autosuficiente. Y Bernardo Aja resalta lo que tienen esas poses de extrañamiento, de distancia, de irrealidad.
El tono de la serie es dominado por ese sentimiento de irrealidad. Presentimiento más bien. Fantasmagoría asomada entre espejos y retratos de antepasados. La imagen del enclaustramiento de una casta está presente desde el propio título de la serie. Tuve que ver de nuevo El ángel exterminador. Y pensé en el otro ángel, el de la historia, que decía Benjamin: “…donde nosotros vemos una cadena de datos (cito de memoria), él ve una catástrofe única, que amontona ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies.”

Juan Antonio Molina Cuesta

Bernardo Aja. S/T. De la serie Entre muros

Bernardo Aja. S/T. De la serie Entre muros  
Bernardo Aja. S/T. De la serie Entre muros

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