viernes, 13 de julio de 2012

Fotografía y experiencia estética (La catedral). Por Juan Antonio Molina Cuesta



Nada más deslumbrante que mi reencuentro con La curiosidad barroca, de José Lezama Lima, justo mientras trataba de evocar la catedral de Toledo desde mi lugar en la ciudad de México. Hablando del Sagrario de la catedral mexicana dice Lezama: “El transparente de la Catedral de Toledo, obra de Narciso Tomé, no le aventaja en la riqueza de la proliferación ni en el esplendor del relieve de las figuras.”   El comentario, que no esconde desprecio, sino que asume a la catedral de Toledo como parangón, es casi marginal respecto al discurso de Lezama sobre el barroco latinoamericano; sin embargo ante mis ojos se reveló como producido por mi propio recuerdo, de una manera casi mágica (casi fotográfica), en el centro del texto.
Yo había estado en la Catedral de Toledo y me había emocionado frente a los cuadros de El Greco. Pero para entender justamente ese hecho debo confesar que fue mi presencia en la catedral lo que me conmovió profundamente. Fue la arquitectura la que dio intensidad y nuevo significado a la relación de mi cuerpo con el espacio y con la obra de arte.
Cuando entré a la capilla donde estaban las pinturas sobre lienzo ya estaba predispuesto a relacionarme con los cuadros como con algo sagrado. De hecho, mi predisposición hacia lo estético se había activado en esa intuición de lo sagrado en la atmósfera y  en el espacio imponente de la catedral, tanto como en el lujo de las decoraciones y la exquisitez de las artesanías.
Por otra parte, la unción religiosa parecía producirse con más facilidad en la cercanía de las obras maestras. Esa es una cercanía paradójica, en la que se combina la intuición de la lejanía de su origen con la certeza de la distancia física que siempre separa a la obra de mi cuerpo. La obra maestra es intocable, porque está tocada por la Historia. No puedo poseerla. Sólo adorarla, sólo desearla. Pero no la deseo como propiedad. La deseo en mí y no para mí. Aun en mi deseo, sigue siendo ajena.
Mientras miraba los cuadros de El Greco sentía que, más allá de la interpretación de los temas, podía hacer una interpretación de la pintura como código. Esa decodificación de la pintura me acercaba más al autor, al significado de su gesto, a una vislumbre de su temperamento. Esa identificación de lo pictórico me ayudaba a abrirme más a la obra; de hecho, me hacía más receptivo. Y si bien yo intentaba traducir racionalmente la información que me transmitían los cuadros (por ejemplo, planteándome la posibilidad de una sensibilidad moderna en la obra de un pintor que vivió y trabajó entre el siglo XVI y el XVII) lo cierto es que esa información la recibía también mi cuerpo, ya de por sí condicionado para la contemplación y la emoción.
Mi experiencia estaba condicionada por la historia del arte, por el espacio de lo sagrado, por mi deseo, en la vecindad del objeto intocable y en la distancia del objeto enajenado. Pero también por mi necesidad, mi memoria y mi anhelo.
Desde entonces me ronda esa imagen de la catedral como una metáfora posible para aludir a la experiencia estética desde varios puntos de vista que quiero exponer en este ensayo. Primero, porque la catedral combina la tensión entre lo bajo y lo alto, que resume la mística ascensional propia del cristianismo, con la tensión entre exterior e interior propia de toda estructura arquitectónica. Esa tensión entre interior y exterior me parece igualmente definitoria de toda experiencia estética. Porque en toda experiencia hay una conciencia de mí que se despierta en la relación con algo exterior a mí. En mi experiencia se da el cruce entre mi interior y lo exterior a mí.  En mi experiencia lo exterior me atraviesa y se queda en mí como residuo (como recuerdo o como saber). Esa intersección me trastorna y me conmueve. La vivo afectivamente. La deseo, la gozo, la sufro, la rechazo. La imagino.
Por otra parte, la sacralidad de la catedral me parece equivalente a la sacralidad del museo.  Lo sagrado del objeto –religioso o artístico- se señala en la frontera que lo separa de mi cuerpo. Tanto el templo como el museo son entonces espacios para la producción de lo sagrado y para una recolocación del cuerpo en relación con los objetos. En última instancia, esa es una de las razones por las que considero que no siempre son ni el museo ni la galería de arte los espacios propicios para provocar una experiencia estética más libre y más plena. En el caso de la fotografía podemos ir preguntándonos desde ahora por otras variantes de producción, circulación y consumo que sean más cercanas a nuestra experiencia y que coloquen al objeto fotográfico en el centro de esa experiencia. Por eso un análisis de la experiencia estética en relación con la fotografía no debe señalar exclusivamente hacia la fotografía “artística”, sino que debe abrir la reflexión sobre el lenguaje fotográfico a un espectro más amplio.
Y por último, esta centralidad del cuerpo en la experiencia estética me ha llevado a buscar las claves que ayudan a definir dicha experiencia como erótica. En esa búsqueda, la catedral se me aparece como una metáfora del cuerpo, igual que el cuerpo, en la obra de algunos autores, se me ha aparecido como una metáfora del templo, siempre bordeando lo sagrado, lo prohibido y lo deseado.
En resumen, quiero proponer que entendamos la experiencia estética como una manera de relacionarnos con la realidad. La realidad de las cosas, la realidad de la naturaleza, la realidad del grupo social y sus individuos, y nuestra propia realidad, confirmada en el cuerpo y en la conciencia. En tal sentido la experiencia estética puede ser entendida también como una forma de conocimiento.
Leyendo a Peter Handke, Pier Aldo Rovatti subraya que “realidad” “es una palabra fea”. Más adelante, respondiendo a la pregunta “¿Qué significa pensamiento débil?” propone una interrogación más inquietante: “¿…no será la idea de ‘realidad’ la que deberíamos examinar con una actitud hostil?”   Esta es una sugerencia que no debería ser desatendida, pues si a fin de cuentas buscamos desarrollar un discurso crítico sobre la fotografía, no podremos lograrlo sin pasar por la crítica de la supuesta concomitancia entre representación fotográfica y realidad, lo cual implica una actitud “hostil” hacia la propia noción de realidad autorizada desde el poder.
Si Rovatti dice que descubrir la realidad es “precisamente, alcanzar a ver el despedazamiento de la experiencia”  yo prefiero decir que toda experiencia conduce al despedazamiento de la realidad. Ese es el sesgo contestatario que estoy proponiendo para un análisis de la fotografía e incluso para la práctica fotográfica: un gesto que señale a la experiencia estética como proclive a mantenerse en los márgenes de la realidad y un gesto que señale a la realidad como inevitablemente fluctuante en los bordes de la experiencia.
Ni la experiencia ni la realidad son fenómenos totales. Prefiero pensar que toda experiencia estética es parcial, y que toda experiencia es parcialmente estética. “Yo experimento” quiere decir yo produzco, yo actúo, yo juego.  La experiencia estética implica un actuar en el ámbito de lo no dado, de lo no dicho, de lo no previsto. La experiencia estética no llega a nosotros, es producida desde nosotros y busca infiltrarse entre los resquicios de lo autorizado, de lo normalizado, en los intersticios de la ley, incluso entre las fisuras del gusto y del valor.

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