lunes, 23 de julio de 2012

Arte y fotografía: la Fuente. Por Juan Antonio Molina Cuesta




















El hecho de que la primera fotografía que circulara de la Fuente, de Marcel Duchamp, haya sido realizada por Alfred Stieglitz, fue casi una premonición de los cruces que se darían entre fotografía y arte a lo largo del siglo XX. Lo más irónico es que la revista donde fue publicada la foto se titulara El ciego. (1)




















The Blind Man fue una revista publicada en 1917 por el grupo dadaísta de Nueva York, cuyos miembros mantuvieron estrechas relaciones con Alfred Stieglitz. Solamente tuvo dos números, siendo el segundo de ellos el que se dedicara al affaire R. Mutt. Nada induce a suponer que el nombre de la revista creada por Duchamp tuviera algo que ver con el título de una famosa fotografía tomada por Paul Strand en 1916. Sin embargo,  Blind Woman fue publicada en la revista Camera Work, en 1917, aunque no formó parte de la primera exposición de Strand, organizada por Stieglitz en la galería 291, en marzo de 1916.












Si el Salón de artistas independientes, de Nueva York se inauguró el 9 de abril de 1917 y el segundo número de The Blind Man fue publicado en mayo, entonces podemos considerar la fotografía de Stieglitz como el primer medio que dio a conocer públicamente la Fuente, de Duchamp. En principio, todas estas circunstancias inducen a entender esa fotografía como un documento. En gran medida su carácter documental ayudaría a extender el carácter mítico de un objeto que durante mucho tiempo fue prácticamente invisible para la mayoría del público del arte.

En el contexto de The Blind Man, la fotografía de Stieglitz no es solamente la documentación de un objet trouvé; ella misma parece una especie de objeto encontrado, misterioso, incluso mágico. Y el urinario ahí aparece cargado de un aura que probablemente no hubiera tenido expuesto en una galería. En la fotografía de Stieglitz el urinario aparece como un objeto bello y eso pudiera darle cierta autonomía respecto al proyecto de Duchamp, porque para este último la belleza no radicaba necesariamente en el objeto, sino en el gesto poético, casi mágico que convertiría al objeto en imagen, y así también, en el gesto político que lo convertiría en obra de arte. Esa fotografía no sólo documenta la existencia del objeto, también la completa, completando simbólicamente el gesto de Duchamp.

En El público moderno y la fotografía, Baudelaire exclamaba con sarcasmo: “una secta tímida y disidente quiere que se desechen los objetos de naturaleza repugnante, como un orinal o un esqueleto”.  Ya ha sido suficientemente comentada esa deliciosa diatriba contra la fotografía. Aquí sólo quiero añadir que ese discurso parece predecir, desde el origen del nuevo medio, tanto la futura obra de Duchamp como la fotografía de Stieglitz. En consecuencia, ¿Podríamos pensar la obra de Duchamp como el referente de un programa para la fotografía, en la misma medida en que se piensa como el referente de un programa para el arte?

Notas:
(1) La ceguera ha devenido una buena metáfora para contestar al paradigma ocularcéntrico que atraviesa la historia de la pintura hasta ser heredado por la fotografía. En la práctica de Duchamp ya podemos intuir el supuesto de que el arte no es algo para ser contemplado. Todavía parece difícil aceptar la misma idea para la fotografía. En mi ensayo Lo invisible como presencia afectiva en la fotografía yo digo que el acto fotográfico “pudiera ser definido por la relación entre la mirada y el gesto.” Y subrayo: “Es un acto que se define en los límites que construye el cuerpo en relación con su entorno y en relación con el aparato, y que no depende de la necesidad de llegar a ese objeto, generalmente considerado definitivo, que es la foto misma. Ya sabemos que se puede fotografiar sin ver, pero si pensamos la mirada como intención y como energía que se dirige del sujeto hacia la imagen del objeto y si pensamos el acto de mirar como acontecimiento en sí mismo, en el que lo mirado se señala como suceso, o más bien, como  sucedido, entonces el punto es que también podemos prescindir de ver la foto.” De un tiempo a esta parte me ronda la sospecha de que lo que con tanta frecuencia hoy día se califica como “postfotografía” está marcado por la prioridad que adquiere el acto de tomar la foto por encima del acto de mirarla.

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