sábado, 9 de junio de 2012

Notas sobre la espera (I). Por Juan Antonio Molina Cuesta

Damaris Betancourt. La espera, 2011

“Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder”—escribe Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso.   
Esta es una aserción que permite intuir las sutilezas de las relaciones poder-subordinación infiltradas en la dinámica del juego amoroso
Si hay un erotismo en el poder, no radica solamente en el placer de quien cree poseer el control,  sino, complementariamente, en la complicidad gozosa y angustiada del subordinado. Quien hace esperar, busca infiltrar la disciplina en la vivencia del tiempo. Quien espera es todo deseo, toda impaciencia. El tiempo es su enemigo. Y sin embargo, es en el tiempo donde inscribe su fidelidad, su dolorosa aquiescencia, su reconocimiento del otro. 
Hay algo especular en la espera.
Pero, con el tiempo, también el tiempo pierde su poder de seducción. Tiempo que se desgasta a sí mismo, tiempo que se niega. Tiempo que envejece. El pasado ya no es objeto de la nostalgia, sino de una incómoda tolerancia. Se convive con él como con un huésped molesto. El futuro ya no es una posibilidad excitante. Ni siquiera estimula su imposibilidad, antes llena de promesas. Con el tiempo el presente deja de ser el tiempo de la espera –de la esperanza- y se vuelve una presencia estéril. 
La paciencia no es ninguna virtud. Cuando no es simulación es disciplina. O si no, pura indiferencia. Llegados a ese punto, ya las dos partes en esta erótica del poder son incapaces de reconstruir el deseo. Y sin deseo no hay rebeldía.
Las revoluciones, por poner un ejemplo, son el fruto de la impaciencia. Los líderes de las revoluciones son expertos en transmitir el sentimiento jubiloso de impaciencia ante la historia.  En las revoluciones –durante las revoluciones- a través de las revoluciones, el tiempo es consumido orgiásticamente, casi inconscientemente. El tiempo es gastado con un ímpetu –un desespero- adolescente. 
Después del desespero viene la espera. La espera como estado de cosas, como forma de realidad. La espera como ritual, todavía esporádicamente festivo. La espera cada vez más tímida, más doméstica. La espera disciplinada, organizada. Y al final llegan la desesperanza y la paciencia, con su alevosa dosis de resignación. 
Damaris Betancourt. La espera, 2011

Y, sin embargo, en la desesperanza pudiera encontrarse el germen de una especie de libertad paradójica. Una vez emancipado del futuro, el desesperanzado ya no le resulta útil al poder. Es más bien la evidencia del inevitable fracaso del poder, de la desarticulación de una imagen del poder que estaba sostenida en la fascinación por el futuro, fascinación sólo posible mediante una rigurosa economía del tiempo. 
El fracaso del poder siempre es económico. Su falla es administrativa. A esa falla responde el desesperanzado con despilfarro, improductividad y una subversiva falta de racionalidad en el consumo –en el consumo del tiempo, incluso. Perder el tiempo no es una costumbre, ni una tendencia de ciertos grupos o ciertas sociedades. No es tampoco resultado de las condiciones climáticas o geográficas ni, mucho menos, una determinación étnica o nacional. Perder el tiempo, cuando se hace de manera colectiva, es poner en escena (en el escenario de la historia) el principio de la desesperanza y el fin del desespero. Esta ociosidad teatral implica, con el derroche del presente, la aniquilación del único bien prometido desde el poder: el futuro.
“Si no me preocupo más por 'lo que será' sino por 'lo que es' –resumía Bataille en La parte maldita- ¿qué motivo tengo para conservar  algo?” Y cerraba su razonamiento: “Una vez que ha desaparecido la preocupación por el mañana, lo único que me gusta es este consumo inútil. Y cuando consumo sin medida descubro a mis semejantes lo que soy íntimamente.”

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