domingo, 10 de junio de 2012

Camino al Tepeyac. Fotografías de Alinka Echeverría. Por Juan Antonio Molina Cuesta


Y si la fotografía perteneciese a un mundo
 que fuese todavía algo sensible al mito,
 no podríamos dejar de exultar ante la riqueza del símbolo.
Roland Barthes














La Virgen de Guadalupe es el emblema sagrado de la nación mexicana. Es el símbolo de su mestizaje y la referencia mística de su origen. Los millones de peregrinos que llegan cada año a la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México, no solamente buscan dar muestra de su adoración. Su participación en este ritual regenera un sentido de identidad y de pertenencia y contribuye a mantener intacto, en lo fundamental, el nexo psicológico y espiritual entre la comunidad y el territorio. Nexo que está en la base de la idea de nación como patria, y que depende también de los mitos sobre el pasado original. La patria no es sólo el territorio. Más allá de sus referencias espaciales, la patria es el sitio mítico del origen y es la imagen consagrada del origen. En países donde la historia se identifica con el trauma, la patria se enaltece, se glorifica, se sublima como deseo colectivo. El deseo del origen –la imaginación del origen- es el deseo de la patria. El discurso de los políticos –y a veces también el de los poetas- juega mucho con ese erotismo de la patria soñada.
En México, la búsqueda del origen es como la búsqueda de la patria, un peregrinar retrospectivo, imaginario, transido por una mezcla de frustración y esperanza y marcado, hasta en los momentos más efusivos, por una sorda melancolía.
Reiner Schürmann decía que la noción de lo sagrado pertenece al contexto de lo original. ¿Pero qué es lo original sino lo irrecuperable, sino lo perdido? Lo original es lo irrepetible. Y todo viaje hacia el origen tiene los matices de la ficción y el tono de la metáfora, pues lo que tiene que ver con el origen se vive siempre como imposibilidad. Por eso todo lo que tiene que ver con el origen se vive a través de la imagen.

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