lunes, 27 de diciembre de 2010

¿Quién censuró a los Beatles? comentarios a un texto de Rufo Caballero


Confieso que me costó trabajo decidirme a leer el artículo que Rufo Caballero acaba de publicar en la página web de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) pues su prosa siempre me ha parecido agotadora y sujeta a una especie de trabazón idiomática, por lo menos cuando ejerce su oficio de crítico de arte. Sin embargo, ese texto, dirigido a opinar sobre los cambios socio-económicos que se avecinan en Cuba, es bastante claro, sorprendentemente fluido y suficientemente interesante como para estimularnos a seguir reflexionando sobre el tema. Además de su contenido y sus argumentos, que aquí comentaré brevemente, me parece importante destacar que ese discurso viene de un intelectual vinculado al mundo del arte cubano, y yo, por razones obvias, agradezco cualquier participación honesta de los intelectuales cubanos en el debate público, cualquiera que sea el matiz de su posición política.
El propósito del texto de Rufo es ponderar el efecto positivo que puede tener el despido de miles de trabajadores del Estado cubano durante al año 2011. Me queda claro que Rufo no defiende esa medida por sí misma, lo cual sería irracional, sino por sus supuestos beneficios. Dichos beneficios se resumen en el mismo encabezado de su artículo: “La actividad económica y social por cuenta propia sería el batacazo final al dañino paternalismo socialista del subempleo”. A mí, en principio, me parece apresurado dar por hecho que todas esas personas que se van a quedar sin trabajo van a empezar a trabajar por cuenta propia. No estoy seguro de que todas estén en condiciones de hacerlo y no estoy seguro de que todas quieran hacerlo. Más bien creo que el autor está haciendo un esfuerzo para sustituir la palabra “desempleo” y sobre todo la palabra “despido”, que él mismo parece considerar como demasiado dramática (“suena a terror social” –nos dice con críptico humor- “de ese que no encuentra consuelo ni en el chicuelo de Chaplin”).
Por otra parte, la clave de su argumento está en el uso de la palabra “paternalismo”, que se refiere a una actitud que, por su propia definición, puede ser considerada dañina, pero no malintencionada. Más bien, lo que está en el fondo de esa terminología es la idea de que el Estado socialista cubano se ha equivocado por ser demasiado bueno con los trabajadores. Y aquí vale la pena acotar que en su crítica al Estado cubano, Rufo se vale de una palabra que fue acuñada por los mismos gobernantes de la Isla. La crítica al paternalismo es una idea que Raúl Castro ha venido infiltrando en alguno de sus últimos discursos. Por ejemplo, el pasado 18 de diciembre, en la clausura del Sexto Período Ordinario de Sesiones de la Séptima Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl decía: “Se trata sencillamente de transformar conceptos erróneos e insostenibles acerca del Socialismo, muy enraizados en amplios sectores de la población durante años, como consecuencia del excesivo enfoque paternalista, idealista e igualitarista que instituyó la Revolución en aras de la justicia social.” Y unos meses antes, en la clausura del IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, también dijo palabras que parece suscribir ahora Rufo Caballero: “Sin que las personas sientan la necesidad de trabajar para vivir, amparadas en regulaciones estatales excesivamente paternalistas e irracionales, jamás estimularemos el amor por el trabajo, ni solucionaremos la falta crónica de constructores, obreros agrícolas e industriales, maestros, policías y otros oficios indispensables que poco a poco van desapareciendo.”
No me molesta para nada que las ideas de Rufo Caballero coincidan con las de Raúl Castro. De hecho, siempre cabe la posibilidad de que ambos tengan razón. Pero de momento prefiero razonamientos más simples, como que la gente no puede sentir la necesidad de trabajar para vivir si se le paga un salario miserable y su moneda no sirve ni siquiera en su propio país. Y si además, el poco dinero que ganan solamente puede ser empleado de acuerdo a las condiciones que pone el gobierno. La gente no siente la necesidad de trabajar para vivir porque no se siente responsable de su propio destino, y ese sentido de responsabilidad ha sido castrado por un Estado, no paternalista, sino prepotente, intimidante y egocéntrico.
Tal vez esas sean otras posibles connotaciones del término “paternalista”, pero a ellas no alude Rufo, y esa omisión también significa mucho porque parece responder a una intención de pasarle la cuenta a los trabajadores que “malinterpretaron” las buenas intenciones del Estado. Para usar una imagen del propio Rufo: los trabajadores escuchan a Luis Miguel, pero ellos no fueron quienes censuraron a los Beatles.[1] Así que el problema no está en el gusto de unos, sino en el ejercicio del poder por parte de los otros.
Y no es nada extraordinario que ese mismo obrero, esa misma oficinista, o ese mismo empleado que estaba escuchando música en lugar de trabajar, salga a participar de un “acto de repudio”, organizado por el Estado, contra mujeres indefensas, al terminar la última canción. ¿Qué esperaban, que una persona capaz de acosar y agredir a gente indefensa, tenga además amor por el trabajo y los valores universales que respetan las personas decentes?
Estamos no sólo frente a la omisión de significados, sino también de valores, y espero que esto sea digno de revisión por parte de un amante de la semiótica como es Rufo Caballero. Él dice en su texto que “no se puede seguir hablando de valores sin obviar (sic) la economía”. Yo creo que en Cuba no se deben seguir obviando los valores ni siquiera en nombre de la economía. Y cuando hablo de valores, no me refiero a las consignas, que Rufo coloca en el mismo saco junto con los ideales y las utopías. Me refiero por lo menos a un valor fundamental que debe tener todo ser humano, y en el que radica su posibilidad de ser libre: el respeto a sí mismo y a los demás, por encima de todo. El respeto a su verdad y a la verdad de los otros.
La falta de valores no es culpa de la crisis económica. Conozco a mucha gente pobre –incluso en Cuba- que no se corrompe, que no roba, que no miente y que no renuncia ni a sus ideales ni a sus utopías, y que no permite que nadie le niegue su derecho a soñar. Conozco gente pobre que no apoya leyes con las que no está de acuerdo, que no firma documentos cuyo contenido no avala, que no aplaude discursos que no le entusiasman y que no susurra cuando quiere decir una opinión crítica sobre su gobierno.
La ausencia de valores se generó en esa aquiescencia con que mucha gente asumió la complicidad con la mediocridad del estado, a cambio de ver disimulada su propia mediocridad. En ese sentido, termino coincidiendo con Rufo: probablemente esos despidos traigan algunos beneficios para la sociedad, no solamente porque la gente se verá obligada a responder por su trabajo (o a “inventar”, como dice mi colega), sino porque paulatinamente irá aprendiendo a apreciar esa combinación insustituible entre un sentimiento de responsabilidad y un sentimiento de libertad. Ahora falta ver si a los que gobiernan les gusta la idea.


[1] Por cierto, hubo una época en que la gente en Cuba le decía Luis Miguel a Fidel Castro. ¿Se acuerdan? Como el gesto de tocarse la barba ya era demasiado obvio, los sigilosos se tocaban un mechón de cabello. Supongo que Rufo Caballero se refiere a Luis Miguel, el cantante.

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