domingo, 7 de noviembre de 2010

Samurai, Oggun y el David de Donatello




René Peña. Samurai. Impresión digtal. 2009
Esta fotografía de René Peña fue el emblema de la exposición Queloides. Fue muy bien seleccionada. Es el icono más llamativo de la exposición. Tiene todos los ingredientes para funcionar como publicidad de la muestra: un negro desnudo, un sable y una gorra.
La imagen está llena de erotismo; el cuerpo es grácil y bien formado; la postura es sensual y ni siquiera el sable lo hace ver agresivo; la piel negra reluce como una materia bella, una materia estetizada, que atrae, seduce e intriga al mismo tiempo. Es la piel como misterio, la carne como enigma, el sexo como señuelo. En ese sentido, la imagen llama muy bien la atención sobre lo que yo veo como dos temas claves de la exposición, que además han sido los motivos recurrentes en la obra de Peña durante 20 años: la raza y el sexo.
El sable es de samurai. Apunta hacia abajo. No es un sable erigido. No es un sable que amenace. Aunque representa la posibilidad de la violencia, se exhibe como un objeto dócil, domesticado. La imagen del hombre negro, como agresor sexual o como sujeto beligerante, aquí está suavizada, revertida en una señal de paz, aunque no de rendición.
La gorra es lo único que lo viste. Es el equivalente del disfraz y la máscara. Como otros objetos que ha usado Peña en sus autorretratos, durante la última década. Si el sable es un atributo, la gorra es sólo un objeto casual, hasta donde puede ser casual el punto de contradicción en la foto. Porque la cabeza cubierta sigue siendo atribución del guerrero, pero es también objeto de la moda. También porque la identidad del sujeto queda nublada por la sombra de la gorra. Y porque, evidentemente, los samurais no usaban gorras.
Esta no es la mejor foto de René Peña. Pero no creo que haya construido antes una imagen tan densamente iconográfica. Puede funcionar igual como imagen de la exposición que como imagen publicitaria para cualquier otro producto. De hecho, creo que esta foto le da sentido y justificación a todo lo que ha hecho en los últimos 10 años. Ahora entiendo que Peña lleva años trabajando desde, sobre y contra una semiótica de su propia imagen, por medio de la fotografía. O desde, sobre y contra una semiótica de la fotografía, a partir de su propia imagen. En cualquiera de los dos casos estaríamos ante una fotografía que se niega a sí misma, lo cual es mucho más inquietante tratándose de fotografías que fungen como autorretratos.
Pero si algo tengo claro es que un autorretrato fotográfico no habla del fotografiado, sino del fotógrafo. Así es como adquiere sentido el hecho de que este autorretrato sea tanto una afirmación como una negación de la propia identidad del sujeto fotografiado.
Esta no es la mejor foto de Peña, pero para muchos lo será. Tal vez porque es una de las fotos más inteligentes que ha hecho. A mí me gusta por cosas muy simples. Me recuerda al David, de Donatello porque la composición es casi escultórica. El contrapposto incita a rodear a la figura, porque la línea que genera la pierna flexionada se continúa por la espalda hasta llegar al brazo del lado opuesto. Esa pierna flexionada provoca un quiebre de cadera que en el David le da un aire femenino a la pose. En el retrato de Peña, sin embargo, el cuerpo se siente más pesado, como cargado de una tensión interna, entre detenido y dispuesto a avanzar.
El Samurai de René Peña no es necesariamente una cita del David, pero es una obra abierta a lo mitológico, más allá de lo formal. En ese sentido su argumento sería "el guerrero que regresa". Tal vez por eso lo conecté desde el principio con la figura de Oggun, uno de los orishas guerreros de la santería afrocubana. 
Donatello. David. ca. 1440


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