jueves, 25 de febrero de 2010

Alejandro Pérez Falconi

7586152

Alejandro Falconi. “Esto no es un Magritte”. México, 2009. Fotografía en impresión gicleé

En la era de la fotografía la obra de arte ya no puede ser pensada como creación, sino más bien como producción y reproducción. Pensar la obra de arte como creación nos lleva a suponer un origen indescifrable y lejano de la obra, un origen que sólo puede ser relatado por medio del mito, un origen que en última instancia construye el sentido absoluto e inalcanzable, el sentido lejano y sagrado del objeto desde el sentido inalcanzable y misterioso de la imagen. Igual así se construye la figura del autor como “creador”. Pero incluso tratándose de arte, el creador aparece siempre en el origen de la creación, como voluntad más que como instrumento.

La conformidad casi religiosa con que aceptamos el misterio de una obra de arte, puede perderse, pero también puede sublimarse ahora con el clic de una cámara. A esa religiosidad en crisis pudiera referirse Alejandro Falconi con su serie “Religión sensible” (2009). Por lo menos, si esta reflexión no se deriva de su título, puede fácilmente derivarse de su asunto. Falconi fotografía obras de arte, realizadas por él mismo, que a su vez son reproducciones de obras de arte famosas, realizadas por otros autores. El análisis de ese proceso debería comenzar por el nivel intermedio: Las reproducciones (esculturas realizadas con plastilina de colores) pudieran ser obras de arte en sí mismas, y forman parte de un proceso que comienza con la realización y acumulación de 33 piezas (y al parecer el número tampoco es fortuito) y que termina parcialmente con la destrucción de todas las piezas al ser amalgamadas en una sola masa (¿escultórica?) de plastilina informe.

 

8448473

Alejandro Falconi.“Cucifixión”. México, 2009. Fotografía en impresión gicleé

¿Qué ha pasado aquí? Primero, que el doble parece haber sido construido para rendir culto tanto como para aniquilar y sustituir al original. Segundo, que el doble convertido en original también ha encontrado la destrucción como destino. Tercero, que en esa destrucción y confusión de las piezas encuentra Falconi una referencia a un estatus, si no democrático, por lo menos ecuménico, en el que el culto al objeto –fetiche- artístico se disuelve en el respeto a la materia prima.

Aunque las fotos son el testimonio de algo irrecuperable, no son, sin embargo, el simple registro de un proceso escultórico o performático. Para Falconi, la foto es la obra, y todo lo anterior (incluyendo la destrucción de la obra) es solamente parte del proceso de construcción de la obra fotográfica. ¿Por qué empeñarse en hacer esas fotos cuando ya se tenían unas esculturillas tan graciosas? Tal vez porque en las fotos se aprecia mejor un proceso de aislamiento, de abstracción y de idealización de las cosas. Porque en las fotos, otra vez, la materialidad de las esculturas puede ser manejada con todo su potencial dramático. Porque la foto ofrece un marco más preciso para la escena y para la figura. Porque hay toda una simbología de la foto, asociada a la reproducción y la redundancia. Y porque una de las claves de este proyecto está en la opción entre lo bidimensional y lo tridimensional.

9442598

Alejandro Falconi. “Las meninas”. México, 2009. Fotografía en impresión gicleé

Hay un trabajo anterior de Alejandro Falconi que insiste ejemplarmente sobre esa relación entre lo tridimensional y lo bidimensional. Es la serie “Casas” (2008) realizada con formato de instalación y que igualmente incluye un elemento fotográfico fundamental. Falconi fotografió un grupo de casas y establecimientos en barrios marginales de Ciudad del Carmen y construyó maquetas utilizando cajas de cartón que cubría con las fotos por todos sus lados. En este proyecto el proceso no va de la reconstrucción tridimensional del objeto a su representación bidimensional, sino en sentido contrario: se parte de la representación bidimensional para llegar a la reconstrucción del objeto en el espacio.

En estas instalaciones persiste un tono lúdicro –y por momentos, irónico- que parece recorrer gran parte de la obra de este autor y que no contradice en nada las connotaciones sociopolíticas y económicas que tiene la elección del tema. Las casas aparecen como objetos frágiles, testimonios de una realidad reblandecida y vulnerable. Y al mismo tiempo son representaciones igualmente escenográficas, marcadas por un aura de irrealidad. Pueden remitir a los juegos en que las cosas se arman y se desarman, e igual pueden ser vistas desde la escala en que se observa la realidad en las pantallas de televisión.

Alejandro Falconi. “Casas”. México, 2008. Detalle de instalación

Al mismo tiempo, esas obras tienen una cercanía, un tono de cotidianidad y un aura de accesibilidad que remite al contacto y la manufactura. Eso también tienen las reproducciones en plastilina de las obras de arte en “Religión sensible”. Conservan las huellas de las manos y parecen pertenecer a un momento pre-tecnológico, del que las saca abruptamente la fotografía. Como he dicho, en las reconstrucciones de las casas de Ciudad del Carmen el proceso es inverso. Las instalaciones otorgan mayor inmediatez a los objetos y los cargan de un sentido más evidentemente antropológico.

Alejandro Pérez Falconi realizó una parte importante de su formación como artista en el Instituto Superior de Arte, de La Habana. Tal vez por eso me resultan bastante familiares la frescura, la espontaneidad y la modestia con que trabaja. Aunque no es exclusivo de lo que suelo llamar “la escuela cubana de arte”, lo cierto es que este es uno de sus rasgos distintivos: la experimentación, no sólo como manera intelectual de revisar un conjunto de referencias conceptuales, sino especialmente como forma de interceptar la vivencia (la experiencia, también en su sentido social) con el contenido ideal e ideológico de la práctica artística. De ahí que los resultados tengan tanta vitalidad, y de ahí que las obras resultantes sean simultáneamente confortables e inquietantes.

No hay comentarios: