miércoles, 27 de enero de 2010

Monumento, documento y réplica (una lectura postnacionalista)

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Rubén Ortiz Torres. Splash. Cianotipia. Nassau, Bahamas, 2005 (Imagen tomada de http://rubenortiztorres.org/ )

Entre los principales argumentos que expuso Francois Arago a favor del daguerrotipo se destacan los que atañen al beneficio práctico y simbólico de la nación y, en relación con éstos, los que tienen que ver con la expansión colonialista y la posesión imaginaria de otros territorios. Arago defendió la idea de que el Estado francés patentara el daguerrotipo en nombre del beneficio y el prestigio de la nación. Lo que estaba poniendo sobre el tapete era una cuestión de orgullo y de soberanía, en la competencia con otras naciones. Igualmente estaba previendo la posibilidad de que a partir de entonces la historia pudiera ser reescrita -o más bien reinscrita- mediante el procedimiento gráfico recién descubierto. Cuando Arago lamentaba que no se hubiera conocido la fotografía en 1798, no sólo estaba pensando en la reproducción y conservación de imágenes emblemáticas a punto de perderse; en el fondo también estaba imaginando, por primera vez, la mirada asociada al nuevo dispositivo técnico para la apropiación y la colonización de un territorio. Un dispositivo técnico que hubiera sido de mucha utilidad al dispositivo bélico imperial. En ese contexto, el monumento es también un botín de guerra. Un botín a veces demasiado grande cómo para poder ser transportado físicamente, pero nunca suficientemente grande cómo para no poder ser reproducido. Lo que después fue nombrado y glorificado como documento, era en esa época percibido como una réplica flotante del monumento enraizado en el suelo y en la historia.
He llegado a este tema a partir de la reciente curaduría de la exposición El pasado no es lo que era, de Rubén Ortiz Torres, que realicé como parte del proyecto Presencia flagrante. Marcos López y Rubén Ortiz Torres (Centro de la Imagen, 2009). En esa exposición -que incluía video e instalación- Rubén Ortiz exhibía fotografías tomadas en sitios turísticos y comerciales en diversas partes del mundo, en los que aparecían réplicas de monumentos arquitectónicos y escultóricos, pertenecientes a diversas culturas. A su vez las fotos exhibían una variedad de técnicas antiguas o alternativas, como la cianotipia, la platinotipia o los papeles salados, junto con las impresiones en plata/gelatina o las impresiones digitales, entre otras. Como resultado, las fotografías también parecían réplicas de los procesos antiguos, haciendo más irónicas las referencias a lo histórico.
Lo que pretendo comentar aquí es esa relación entre la historicidad de los monumentos y la historicidad de las fotografías, en un contexto donde lo histórico (más que la historia) se exhibe como espectáculo, mientras que la función simbólica de los monumentos se vuelve difusa por la presencia de la réplica. Estos procesos de representación tienden a desconstruir la función conmemorativa y fundacional de los monumentos, poniendo en crisis también su capacidad para servir de referentes a las representaciones de las identidades nacionales. Este tipo de obras o de procesos no sólo impactan en los significados de los monumentos (o réplicas) fotografiados, sino en los significados de la fotografía (también como documento y como réplica), cuya condición de fetiche se vuelve ambigua e irónica.
Hablo de réplicas más que de dobles, porque el término me permite jugar con una segunda acepción. Además de un objeto que reproduce un original, estaría hablando de un objeto que contesta o que replica a ese original y a sus significados. En tal sentido es que presiento en la réplica la posibilidad de una negación del original. Finalmente la existencia de un doble siempre socava la solidez en que se sostiene la originalidad del objeto y hace que su identidad sea maleable y difusa.
Además de un análisis de las obras de Rubén Ortiz, me gustaría comentar otras variantes que giran alrededor de este tema, bien invirtiendo o bien expandiendo la noción de monumento. Son fotografías donde el monumento se representa como ausencia o como ruina, o al revés, donde la ruina o la ausencia pueden ser leídas como conmemoraciones, resistiéndose a los procesos de omisión y olvido con que se construyen las historias oficiales.

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