lunes, 30 de noviembre de 2009

Fotografía-arte-emergente. La Bienal de Fotografía como proyecto museológico

irreal cotidiano
Alejandra Vega. Irreal cotidiano. 2008
La Bienal de Fotografía de México ha sido uno de los más importantes proyectos institucionales dirigidos a la validación de la fotografía como objeto estético y como práctica de una experiencia artística. Este doble propósito conlleva la necesidad de unificar o, al menos, interceptar, dos espacios de legitimación que durante mucho tiempo han estado separados: el campo del arte y el campo de la fotografía (lo que ahora suele calificarse como “cultura fotográfica”). Los esfuerzos por autenticar a la fotografía como arte siempre han enfrentado la dificultad que se deriva de las diferencias funcionales e ideológicas entre ambos espacios. En México, la Bienal de Fotografía puede llegar a ser uno de los más fructíferos esfuerzos por salvar esas distancias, constituyendo un campo institucional conectado con el campo del arte, desde el cual establecer y aplicar parámetros de juicio estético para la evaluación de la fotografía.
En el momento en que se originó, ese proyecto coincidió con una tendencia a buscar en el propio lenguaje fotográfico las claves para la definición de su funcionalidad estética, e incluso para la justificación de la reubicación del objeto fotográfico en el campo de lo artístico.1 Todavía en la década de 1980 se pensaba de manera generalizada que cualquier intento de legitimación de la fotografía debía tener como referencia fundamental la especificidad del lenguaje fotográfico. En consecuencia, la inserción de la foto dentro del campo del arte pocas veces era vista por los fotógrafos, historiadores y otros ideólogos de la fotografía como algo que obligara a un juicio sobre la especificidad del propio campo del arte. Igual que el carácter documental y la funcionalidad comunicativa de la fotografía han sido planteados siempre desde un a priori irrefutable, así también la condición artística de una foto suele ser aceptada como una especie de homogeneidad desde la que se puede pasar por alto cualquier tensión entre funciones extra artísticas, incorporadas también al lenguaje de la fotografía.
En esas condiciones la artisticidad de una foto parece ser un concepto que se define y se construye desde una posición distinta al de la funcionalidad de la foto dentro de los lenguajes artísticos. Si bien el segundo concepto tiene en cuenta los contactos y los cruces entre el lenguaje fotográfico y otros, el primero presume una suerte de autonomía, protegida desde parámetros muy particulares. Esos parámetros, de acentuada raigambre modernista atienden especialmente a la evaluación de las soluciones formales y de la capacidad del autor para dedicar la destreza técnica al logro de dichas soluciones formales. De hecho, en tales circunstancias, la figura del autor suele construirse como un valor a partir de la exhibición de la destreza técnica, un poco a pesar del valor formal de la foto. Por otra parte, también se asocia a la construcción de la cualidad artística, la habilidad para relacionar las soluciones formales con determinados contenidos que se aprecian a partir de la capacidad discursiva de la propia foto, es decir de su capacidad para desencadenar una especie de metatextualidad por medio del uso más o menos eficiente de una retórica visual.
En general la Bienal de Fotografía siempre ha incluido la necesidad de proveer a la foto de un espacio propio, que debería funcionar dentro de la lógica del museo, rigiendo las condiciones de la contemplación y estableciendo la contemplación como paradigma de la realización de la foto como objeto estético. En tal sentido, la creación del Centro de la Imagen, en 1994, vino a ofrecer el espacio idóneo para la contextualización museológica de la Bienal de Fotografía; asimismo, aunque el Centro de la Imagen no se define como un museo, la Bienal de Fotografía es probablemente uno de los proyectos que de manera más evidente impone en esta institución la necesidad de asumirse desde los modelos de la museología contemporánea.
No deja de ser interesante, en consecuencia, que una parte significativa de la colección del Centro de la Imagen esté constituida por obras que provienen de las diversas ediciones de la Bienal de Fotografía y que la propia bienal se haya constituido en uno de los proyectos claves del Centro, para garantizar el impacto de la institución dentro de la comunidad artística y, en general, para justificar la funcionalidad de la institución de acuerdo a sus objetivos de promoción, circulación, consumo y evaluación -tanto como de educación, investigación, archivo y conservación (todas éstas, funciones museológicas) de la fotografía a nivel nacional e internacional.

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