viernes, 20 de marzo de 2009

Leyendo a Walter Benjamin (algunas ideas sobre la felicidad)

Para Eduardo Muñoz

proust

Eduardo Muñoz Ordoqui. Proust. De la serie Mundos portátiles. Fotografía digital

Primera parte (un fragmento político-teológico)

Recibí como regalo de Navidad una hermosa edición de las Obras de Walter Benjamin, producida por ABADA Editores. No me sorprendió que el volumen trajera el ensayo Hacia la imagen de Proust, del cual estuvo hablándome mi amigo Eduardo Muñoz, apenas un par de semanas antes de esa fecha . No tiene nada de raro que, mientras él me hablaba de este ensayo, yo pensara en su foto, que aquí reproduzco, sin su permiso, pero por su causa.

No he terminado de leer el ensayo. Me detuve justo en el pasaje que dice: "Cocteau ha visto claro lo que debería ocupar al máximo a los lectores de Proust: ese deseo ciego, absurdo y obsesivo de felicidad que poseía a este hombre, que resplandecía en sus miradas."

Me detuve ahí porque ya antes había leído esas breves notas, que nunca publicó Benjamin, y que en este libro aparecen bajo el título Fragmento teológico-político, añadido por Adorno. En ese "fragmento" hay una frase que me fascinó: "El orden de lo profano tiene que enderezarse por su parte hacia la idea de la felicidad".

Lo que sigue me abrió nuevos vislumbres para entender el pensamiento de Benjamin: " Si una flecha indica dónde está la meta en que actúa la dýnamis de lo profano, y otra nos indica la dirección de la intensidad mesiánica, la búsqueda de la felicidad de la humanidad en libertad se alejará de dicha dirección mesiánica..."

Bueno, en realidad no creo haber entendido mucho. Tampoco creo que me identifique mucho con la imagen de lo mesiánico. Pero me gustó descubrir que un autor como Benjamin le diera esa importancia a la felicidad, y que usara la imagen de la felicidad para poner en tensión el discurso político y el teológico, porque es evidente que cada uno de esos discursos busca, a su manera, representar la felicidad como ideal y como promesa y (en el fondo) como algo que debe ser negociado todo el tiempo.

A lo mejor porque no me agrada ese tipo de negociación es porque he preferido atenerme a una lógica elemental y suponer que la felicidad se vive en estado presente y no asociada a un devenir. Esa lógica me lleva a entender la felicidad como momento y como manifestación fugaz de una singularidad. Y me lleva igualmente a asociar el presente con el pasado, puesto que cada momento parece estar destinado a ser recuerdo.

Pero leyendo ese texto de Benjamin sentí que mi lógica, además de elemental, era primitiva. Porque me llevaba a interpretar la oposición entre lo profano y lo mesiánico como una oposición entre el pasado-presente y el futuro. Como si las dos flechas de las que él hablaba siguieran direcciones opuestas, cuando en realidad él se estaba refiriendo a dos flechas que siguen la misma dirección, aunque distintas trayectorias.

Si el Fragmento teológico-político comienza con la idea de que es el Mesías quien "completa y crea la relación del acontecer histórico con lo mesiánico" es para derivar de ahí la tesis de que "nada histórico puede pretender relacionarse por sí mismo con lo mesiánico". Por eso -concluía Benjamin- el Reino de Dios no es el télos de la dýnamis histórica, y no puede plantearse como meta...

A dos trayectorias paralelas corresponden dos territorios vecinos: el de la historia y el de lo mesiánico, o el de la política y el de la religión, o el de la felicidad como meta y el de la redención como final. Dos territorios vecinos y una frontera. Y una inevitable relación de codependencias y cruces. Por eso el fragmento que más me gustó dentro del texto de Benjamin es el que deja en claro esa correlación:

...pero así como una fuerza que recorre su camino puede promover una fuerza de dirección contraria, también el orden profano de lo profano puede promover la llegada del mesiánico Reino. Así pues, lo profano no es por cierto una categoría del Reino, sino una categoría (y de las más certeras) de su aproximación silenciosa.

Me gusta porque es un pasaje de una belleza extraordinaria. También me gusta porque eso de "su aproximación silenciosa" me recuerda a Lezama. De pronto recordé a esa gente que anda por la calle proclamando: "el reino de Dios está llegando". Y sí, quitando el hecho de que su algarabía perturba lo silencioso de la aproximación, la verdad es que tienen razón: el "reino" siempre está llegando. Probablemente eso es lo que tiene de eterno: su acercamiento incompleto e imperfecto.

Nosotros estuvimos expuestos a otro tipo de algarabía. Una que pretendía hacernos creer que el reino de la felicidad ya había llegado, pero que nosotros no lo merecíamos. Detrás de eso hay una confusión alevosa y perversa entre lo sagrado y lo profano. Si le creo a Walter Benjamin, esa confusión sólo pudo darse porque nos convencieron de que el "Mesías" andaba entre nosotros. Y que podíamos llamarle por su nombre...

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