sábado, 21 de marzo de 2009

Leyendo a Walter Benjamin (algunas ideas sobre la felicidad) II


Segunda parte (Los ornamentos del olvido)
Leer esas alusiones a la felicidad, en distintos ensayos de Walter Benjamin, me hizo volver a un texto que escribí recientemente sobre la obra de Pedro Meyer, y que titulé Aquí se vende la felicidad. Creo que en el trasfondo de aquel ensayo había dos o tres ideas que iban más allá del análisis de obras específicas. Por un lado quería sugerir que la felicidad es algo imaginario, y que, como todo lo imaginario, su mediación es determinante en nuestras relaciones con la realidad y en nuestras representaciones de la realidad. Por otra parte, buscaba infiltrar mi propio escepticismo ante las representaciones, y mi incomodidad ante el uso político que se hace de ellas. Aunque no dejo de ver esto último con sentido del humor. Finalmente no deja de ser chistoso que los profetas, los candidatos presidenciales y los vendedores de crema de afeitar coincidan en lo mismo: su explícita intención de ofrecerme la felicidad. Y su candorosa euforia al demostrarme que mi felicidad no es completa, como si para eso hubiera que hacer gala de una perspicacia excepcional.
Por último, introducir el tema de la felicidad en mis comentarios sobre arte me ayuda a abordar la experiencia estética desde su dimensión existencial, más que desde su dimensión tecnológica. Quizá porque no me gusta pensar la imagen sin pensar en un sujeto que imagina. Creo que esa dimensión existencial nos permite entender la obra de arte como parte de los dispositivos con los que se construye la figura del autor, lo cual nos lleva también a pensar el sujeto que imagina como un sujeto imaginado.
Es casi inevitable que busquemos al autor en el origen de la obra, y que se subordine la originalidad de la obra a la singularidad del autor. Pero también me gusta suponer que el autor es construido, designado e indicado desde la obra y que, por lo tanto, forma parte de sus significados.
De todas formas, aunque no buscara al autor en el origen de la obra, lo encontraría en la memoria de ésta. La obra no sólo construye al autor, también lo recuerda y lo evoca. En busca del tiempo perdido no es solamente una magnífica representación de los recuerdos de Proust, es también una magnífica representación de Proust como autor y como recuerdo (¿memoria involuntaria?) de esa monumental construcción estética que es la novela.
Supongo que esa doble función de la memoria (reinventar a la persona y reinventar al autor) se da en todo arte de origen autobiográfico. Y probablemente eso viene a reforzar el carácter ficticio, tanto del autor como de la persona, lo cual no puede verse desvinculado del tono de ficción con que se impregna todo recuerdo cuando es relatado. Quizá por eso no me resulta difícil imaginar que el recuerdo convertido en texto se elabora como materia estética a partir de lo que Walter Benjamin llama "los ornamentos del olvido".
...lo más importante para el autor que recuerda no es lo que ha vivido, sino el proceso mismo en que su recuerdo se teje, ese largo trabajo de Penélope que es el recordar. ¿O sería mejor hablar aquí del difícil trabajo de Penélope que es el olvido? ¿No se halla la mémoire involontaire de Proust más cerca del olvido que de lo que se suele denominar "recuerdo"?

2 comentarios:

Anonymous dijo...

Hola Juan Antonio:
Es una alegría poder leerte de nuevo. Redescubrirte gracias a este interesante y estupendo blog ha sido muy bueno.
Si no recuerdo mal, hoy empieza una nueva edición de la Bienal de La Habana. Allí está Eugenio, al que también he reencontrado.
Un abrazo fuerte de Lázaro, en Madrid.

Juan Antonio Molina dijo...

Gracias Lázaro
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