jueves, 19 de marzo de 2009

Aliento sobre piano o la huella de una huella



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Entre toda la producción fotográfica de Gabriel Orozco, Aliento sobre piano es la foto que más fascinación ha ejercido sobre mí. La parquedad del título, y su aparente apego al objeto que describe, no han impedido que dicho objeto se me presente siempre como enigmático. De hecho, creo que un título que se limita a describir, y que no interpreta la foto, ayuda bastante en un caso como éste, porque la relación con la imagen no se ve interferida por un texto de pretensión metafórica. El texto “aliento sobre piano” permite que me concentre en el hecho de que estoy observando la representación fotográfica de algo inasible, efímero y prácticamente invisible. El placer de ver una manifestación física de lo invisible hace que pase por alto la posibilidad de que el título sea una ficción. No tengo modo de comprobar que lo que fotografió Gabriel Orozco fue la huella del aliento sobre el piano. Pero una vez más me doy cuenta de que la verosimilitud de la fotografía descansa en la necesidad de que no se cuestione demasiado la veracidad de los enunciados que la complementan. Por otra parte, plantear así las cosas me obliga a aceptar que, en realidad, lo importante aquí no es tanto lo fotografiado (el supuesto aliento sobre el piano) como las dos imágenes que se están complementando: el aliento, como signo de vida o como signo de la esencia de la vida, y la mancha sobre el piano, como huella de un tránsito o de un pasaje.
Con esas dos imágenes se construye la parte narrativa de esa foto. Y este aspecto no debe ser desdeñado, sobre todo tratándose de una obra de Gabriel Orozco, quien logra, con la sobriedad del título y con la sobriedad de la foto misma, sostener un círculo de referencias entre fotografía y título, en el que ambos parecen describirse respectivamente. Esta suficiencia mutua de la descripción se rompe por el efecto sutil de la narración, porque la mancha sobre el piano no es el acontecimiento, sino el signo de un acontecimiento, el signo de algo que es susceptible de ser contado.
El relato de un acontecimiento es la reconstrucción de la imagen de algo que ha sido. Desde la fotografía de Gabriel Orozco, la mancha sobre el piano ha sido ante la cámara. Desde la mancha sobre el piano, alguien ha sido, alguien ha estado, alguien ha pasado por el piano. La foto de la mancha en el piano es una huella que ratifica la existencia de la mancha y del piano. Aceptando que la mancha y el piano estuvieron (fueron) ahí (puesto que ese es el enunciado de la foto) podemos aceptar que la mancha fue causada por el aliento de alguien, puesto que ese es el enunciado del autor, convertido en enunciado de la foto.
De modo que la mancha en el piano pasa a ser una huella que ratifica y relata la existencia de alguien que no está en la foto. Alguien que hizo notar su presencia (y su existencia) por medio de un elemento tan sutil como su propio aliento. Como el aliento es invisible, alguien acudió a la lustrosa tapa del piano (superficie “sensible” en última instancia) para “imprimir” ahí su huella.
El aliento deja su huella en la superficie del piano porque la vuelve opaca, es decir, porque reduce su capacidad reflejante o su capacidad especular. Así el aliento funciona como la sombra: hace que una superficie se enajene de la luz. El aliento y la sombra –constancias de vida y, en un sentido mítico, representaciones de esa alteridad propia que es nombrada como espíritu- sólo son perceptibles mediante una obstrucción, una limitación o una negación de la luz. De esa negación surge también la fotografía.
La tapa del piano funcionó como una superficie fotográfica. Cierto que sólo de manera efímera, pero el valor de la foto radica también en que retuvo o fijó ese momento, convirtiéndolo además en un momento significante. Y la pregunta es: ¿Qué es lo que significa esta fotografía de una mancha sobre la tapa de un piano? Significa que alguien estuvo de paso junto al piano, segundos antes de que fuera tomada la foto. Significa que ese alguien tenía vitalidad, y que la constancia de su vitalidad es constancia de su paso, más no de su presencia. Significa que la constancia de su vitalidad fue otorgada por algo imperceptible, como su aliento, y la constancia de su paso viene asociada a algo perceptible siempre en toda fotografía: su ausencia.
Hay algo que me identifica con ese ausente. Y eso implica para mí, ante todo, que algo me hace ser o, al menos, desear ser ese ausente. O simplemente debería decir: algo me hace desear a ese ausente. Tal vez la mejor manifestación de nuestra relación afectiva con la fotografía radique en el hecho de que, llevándonos a identificar una ausencia nos induce a identificarnos con lo ausente. Y que esa identificación puede ser descifrada como deseo.



2 comentarios:

Verónica dijo...

Magnífico texto a partir de esta foto. Descubro sólo ahora su blog y me parece precioso.
Lo efímero y sutil, lo ausente, lo imperceptible, todos los bellos señuelos al deseo, como Ud mismo lo ha elaborado al final de este excelente texto.
Saludos, también desde México, aún en espíritu, cubana,
Verónica

Hilda Clerge dijo...

La foto es estupenda, el texto hace un magnifico trabajo de marco a la misma, entro ahora con paso lento y silencioso en este blog merece contemplarlo con detenimiento y leerlo con tranquilidad, mis saludos y mi aplauso en pie, un concentradode buen gusto y clase, gracias por estar por estos mundos on line.