domingo, 25 de enero de 2009

Artist must be beautiful?

¿Puede existir una experiencia intensa y radical del cuerpo sin que esté asociada a una experiencia intensa y radical del espíritu? Siempre me pregunto eso y siempre me respondo que no. Ni siquiera el onanismo me parece vacío. Ni siquiera el narcisismo me parece frívolo. Y ni siquiera la frivolidad me parece despreciable como actitud ante el arte.
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Llevo dos meses tratando de escribir sobre la exposición de Marina Abramovic, que vi en el Laboratorio de Arte Alameda, y lo mejor que he logrado es este estado de ánimo, que en otro momento me hubiera parecido excesivamente tolerante.
Estuve un buen rato mirando el primer video que se mostraba a la entrada de la exposición. Su título era Art must be beautiful. Artist must be beautiful. El video mostraba a la artista cepillando su cabello obsesivamente, en un crescendo cargado de violencia. Era evidente la ironía del título y yo disfrutaba mi posición de intérprete (con todo lo que tenía de autocomplaciente) porque me sentía identificado con lo que leía como una crítica a la frivolidad y el narcisismo. Pero la verdad es que me quedé ahí sentado porque me complacía mirar a aquella mujer, peinándose frente a mí. Yo no era un intérprete, era un voyeur común y corriente.
Después de reconocer eso, tengo que aceptar que la belleza no es tan frívola y que la frivolidad no es tan mala. Por eso me gustó leer en la hoja de sala, disponible en el espacio de la exposición, que en una entrevista de 1999 Marina Abramovic había dicho: "En aquel entonces (1975) pensaba que el arte debía ser perturbador más que bello. Pero a mi edad, he comenzado a pensar que la belleza no está tan mal."

¡Claro que no está mal, respetable maestra! Ya sé que es de mal gusto que me siente frente a un monitor a admirar sus senos, como si fuera el chofer del trolebús, ignorando toda la carga conceptual de la obra. Pero a mí me gustan sus senos, los considero bellos, y también perturbadores. Porque yo creo que no hay nada más perturbador que la belleza. O más bien, creo que la belleza sólo existe como una manera -perturbadora- de manifestarse la realidad ante nuestros sentidos.
De pronto me da hueva toda esa carga moral que a veces le pongo a mi relación con el arte y a mi relación con mi propia sexualidad. Para mí es muy saludable haber entendido que mi relación con el arte está cruzada por la relación con mi cuerpo. Pero también debo reconocer que ambas relaciones pueden volverse neuróticas si se ven constantemente condicionadas y obstruidas por el peso de la moral.
De hecho, buena parte del arte de Marina Abramovic me parece neurótico. Su obra parece dirigida a representar la angustia de un cuerpo sin libertad. O a representar cómo repercute la falta de libertad en el propio cuerpo. Pero sobre todo, a representar como nos afecta la falta de libertad en nuestra relación con nuestro cuerpo. Marina Abramovic ha hecho que para mí su cuerpo sea un signo de la represión, la angustia, el dolor y lo trágico. Y ha logrado que yo lo disfrute.
En mi relación con la obra de Marina Abramovic hay una especie de plenitud, que no depende tanto del discurso como de la imagen. Ese límite entre discurso e imagen es el que señalaba ella misma en su distinción entre un arte perturbador y un arte bello, distinción que puede ser bastante familiar para los curadores, los críticos y los artistas contemporáneos. Pero si la distinción es falsa en sí misma, se vuelve doblemente falsa cuando se asocia lo perturbador exclusivamente al discurso, ignorando que lo verdaderamente conmovedor se encuentra siempre en la imagen.
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Por eso me gustan Balkan Erotic Epic (2005) y otras obras de la última década, cercanas a una sexualidad primitiva, anterior al cristianismo y al marxismo, según la propia autora; anterior a la moral y la política, me atrevo a añadir...

1 comentario:

Pp dijo...

Estimado Juan Antonio, sólo para recordarte un par citas a propósito de la belleza. La primera creo que me la topé en un libro del poeta Witman: "La belleza es el comienzo de lo terrible." Y la otra no sé de quién es pero está en el escenario del antro de Germán Dehesa. Disculpa la paráfrasis porque no la recuerdo textual: "Tampoco podemos hacer como si la belleza no existiera." Muy disfrutable tu discurso, también me reconozco como voyeur.

José Elías, fotógrafo