domingo, 17 de agosto de 2008

Dialectos, etc. (Primera parte de una conversación con Orlando Hernández)

Orlando Hernández:
Sobre mi texto, me alegra mucho que lo consideres "contestatario", que es una palabra que desgraciadamente ha sido mal interpretada (o politizada) entre nosotros los cubanos como sinónimo de "contra-revolucionario" (como la palabra disidente, por ejemplo) y que tienen para mí significados totalmente distintos, positivos, es decir, transformadores, revolucionarios. La de contestatario es una condición intelectual que acepto con gran regocijo, y que probablemente es algo que heredé de mi abuelo Miguelito, a quien desgraciadamente no conocí, pero que un poeta de mi pueblo (San Antonio de los Baños) describió muy bien: "Dulcero de profesión/ y muy pulcro en el vestir/ le gusta la discusión/ tan sólo por discutir". Creo que casi por principio me opongo de inmediato a cualquier concepto que me parezca demasiado bien establecido, rotundo, correcto, categórico, ya que puede tratarse de un "implante", o de algo que hemos aceptado irreflexivamente, por obediencia, por inercia, gracias a la educación autoritaria que hemos recibido, la cual apenas nos enseñó a pensar, es decir, a disfrutar de la alegría de acertar o de equivocarnos por cuenta propia. Y siempre que puedo trato de zafarme de los cinturones de plomo que nos obligan a acatar las verdades de los "expertos", de las "voces autorizadas", de los"especialistas", etc. y me pongo registrar un poco por mí mismo (a veces con la mayor ingenuidad) la veracidad o la pertinencia de esas supuestas "verdades". Y no me importa si al zafarme de esas plomadas me sucede lo que a Matías Pérez. Uno se sorprende de lo que llega a encontrar mediante esas desinhibidas búsquedas por cuenta propia. A veces -te confieso-- no sé con certeza con qué sustituir lo que intento desmentir o refutar, pero no me preocupa tanto. Pienso que podré hacerlo más tarde o que otro lo hará por mí. Cuando me acobardo un poco de mis atrevimientos, leo un poco a Paul Feyerabend (Contra el método) o a John Zerzan, Hakim Bey o a cualquier otro de los muchos y estimulantes anarquistas. O simplemente me pongo a conversar con alguien con "sentido común" (generalmente un no-intelectual). Ahora mismo, por ejemplo, acabo de enviar a La Gaceta unos "Desacuerdos con Vattimo" que fueron provocadas por unas declaraciones suyas en una entrevista publicada aquí (en La Habana), en la cual se menciona mi nombre y una ideaaparecida en uno de mis textos ("Por qué ha dejado de entusiasmarme el arte contemporáneo"). Estar en total desacuerdo con un filósofo tan reconocido como Gianni Vattimo -sobre todo si uno no es propiamente un filósofo- me parece un buen ejercicio para perder el miedo a las autoridades y para entusiasmar a otros a hacerlo, ¿no crees?
Juan Antonio Molina:
Desde que empecé este diálogo contigo, la pregunta que más recurrentemente me asalta es: ¿y yo qué coño hago hablando de la belleza? Y te aseguro que mis dudas no provienen de que me sienta incapacitado para especular sobre el tema, puesto que, como habrás notado, exhibo con bastante desparpajo mi ignorancia. Lo que pasa es que muchas veces he sentido que hay cosas más importantes para mucha gente, y para mí mismo, y de pronto siento como casi irrespetuoso el dedicar tanto tiempo a un tema tan sencillo.
La última vez que sentí eso fue hace algunas semanas, cuando se hicieron públicas las críticas que Fidel Castro había hecho, desde el prólogo de un libro, a Yoani Sánchez, una muchacha que escribe un blog desde La Habana. Las crónicas de Yoani son leídas por mucha gente, y ya la hicieron merecedora del Premio de Periodismo Ortega y Gasset, lo cual, el expresidente de Cuba usó como pretexto para atacar lo que, comprensiblemente, considera como un conato de traición. Debo confesarte que no leí todo el texto de Fidel Castro. Pero sí leí la respuesta de Yoani, así como la de su esposo, otro periodista independiente que reside en La Habana.
Ese día dejé de preguntarme el por qué escribo sobre la belleza. Comprobé, una vez más, que el lugar del intelectual está en ese campo de oposiciones entre el poder y el saber, en el que se definen las dos posiciones más radicales que pueden asumirse respecto a la noción de "verdad". Optar entre el poder y el saber puede significar también optar entre el dogma y la duda. Y probablemente lo que defina a un intelectual sea esa necesidad de arriesgarlo todo por defender su derecho a dudar, aún sabiendo que “dudar” es ya arriesgarlo todo.
Por eso, para mí, ser contestatario no es solamente una condición intelectual; es, sobre todo, una condición sine qua non del intelectual.
Orlando Hernández:
Acepto también con regocijo que mi texto te parezca una "toma de partido por lo local", ya que lo es, realmente, aunque no creo que debas deducir de ahí que exista un vínculo tan obvio (al menos en mi caso) entre lo local y lo marginal. Lo marginal me parece que es un concepto que sólo puede ser emitido desde una posición centralista, digamos, y aunque como intelectuales (gente alfabetizada, estudiada, medianamente culta, etc.) sólo podamos esquivar imaginariamente esa inevitable centralidad, ese elitismo, en verdad me cuesta bastante trabajo aceptar que estudio o escribo sobre una parte "marginal" de la cultura cubana situándome en algún tipo de privilegiado "centro", o situando a otras zonas de la cultura cubana en dicho centro. En todo caso, siempre he tratado de entender estos objetos y prácticas que estudio ("populares", "afrocubanos", "indígenas", etc.) como elementos de culturas "marginadas", que es algo bien distinto, es decir, que han sido consecuencias de un acto deliberado de marginación, de exclusión histórica por parte de esos sectores ilustrados a los que también pertenezco. Me gusta creer que estoy en un proceso de paulatina transculturación en sentido inverso -como una vez expresó Bedia de su acercamiento a las culturas indígenas-con vistas a pertenecer cada vez más a esos sectores marginados, así sea para poder entender las cosas desde esa perspectiva. Quizás se trata de una fantasía, desde luego.
Juan Antonio Molina:
Estoy de acuerdo contigo en que “lo marginal” se construye desde los centros (aunque también se le ha sacado mucho partido desde “los márgenes”). Al principio no quería decir que hay una relación consustancial entre lo local y lo marginal. Sólo me refería a la manera en que entiendo el “dialecto”. Creo que todo dialecto puede ser definido desde su carácter local y marginal. Y también ha quedado demostrado que cuando un dialecto “choca” con una lengua “oficial”, puede llegar a convertir esos elementos locales y marginales en instrumentos de resistencia o de respuesta. Eso, sin hablar de los casos en que el dialecto surge ya con esa finalidad contestataria, o simplemente surge desde la necesidad de evadir los instrumentos represivos y coercitivos del poder oficial.
Pero ahora que me haces pensar en el tema, creo que sí hay un rasgo de marginalidad inherente a cualquier registro local de los fenómenos culturales; una marginalidad que ya no se expresa en relación con un "centro", sino más bien en relación con ese referente, aparentemente descentrado, que es "lo universal" o, por usar un término más contemporáneo, lo "global".
La idea de lo local es marginal (y en gran medida, subversiva) respecto a la idea de lo global. Pero lo más interesante para mí es que lo local sigue estando inscripto en el discurso de la globalidad. Para entenderlo me parece bien reconocer que coincido contigo en que no hay culturas marginales, sino marginadas. Y en ese sentido entiendo que un dialecto nunca lo es por sí mismo ni respecto a sí mismo. Es cierto que solamente se puede entender lo marginal y lo local desde lo global, pero es, entre otras razones, porque forman parte de un mismo sistema, y no tanto porque se excluyan mutuamente.
Y ya que mencionas a Vattimo, a mí me gusta la manera en que trata el tema de los dialectos (en su texto "Postmodernidad: ¿Una sociedad transparente?"), sobre todo porque no lo ve como un fenómeno de los “márgenes”, sino como parte del proceso de erosión de la racionalidad occidental (esa misma racionalidad que te obliga a tí a aceptar como opuestos e irreductibles los límites entre centros y periferias). Leer ese texto me ha ayudado a valorar, por su efecto "emancipador", no sólo las mezclas y las "transculturaciones" que tú mencionas, sino también el desarraigo; algo que me gusta entender como parte de mi propia experiencia de libertad. Se trata de una libertad problemática -dice Vattimo- pero yo concluyo: ¿Y qué libertad no lo es?
Orlando Hernández:
No sé si habrás notado que la propia concepción de "dialecto"
que tanto te atrae es también una construcción hegemónica, elitista, ya que presupone la existencia de una jerarquía dentro del lenguaje (verbal, digamos, aunque también puede aplicarse a lo visual), donde el "idioma", la lengua oficial (la "escrita", sobre todo, y especialmente la de los literatos), ocuparía el nivel superior (con su Biblia o su Tabla de la ley: el DRAE) y donde, por lo tanto, el dialecto sería entendido como una derivación, una lengua menor o una especie de jerga. Llevándolo a otro plano, ese "idioma oficial" estaría representado por el Arte, mientras que
todos los demás objetos culturales con cierta elaboración estética, digamos, serían puro dialecto, jerga, etc. Desde esa perspectiva, "defender un dialecto" sería aceptar o reconocer a priori su posición subordinada, subalterna, con un estatus inferior dentro del lenguaje verbal. En mi caso, me esfuerzo por tener presente (y señalar o hacer notar siempre que puedo, etc.) el carácter de centralidad (negada) que poseen esos objetos y
prácticas (verbales, visuales, etc). Porque es un hecho que para muchos miembros de la sociedad (cubana o de cualquier sitio) esas creaciones o expresiones que llamamos "populares" no son interpretadas por ellos exactamente así (como "populares"). En realidad se trata de su (o del) idioma normal, el apropiado a sus necesidades particulares de comunicación, en comparación por ejemplo, con nuestra jerga de intelectuales, totalmente
inútil en dichos contextos. Es un asunto de relatividad, desde luego, pero en la cual nosotros (los que usamos el "idioma" y no el "dialecto") siempre salimos favorecidos. Es también el caso, digamos, de esas lenguas que tuvieron una centralidad o una normalidad cuando formaban parte de otros contextos sociales más favorables (como sucede con los idiomas yoruba, kikongo, carabalí, etc, antes de la esclavitud) y que hoy sólo pueden
emplearse muy fragmentariamente dentro de los rituales de Ocha, Ifá, Palo Monte y Abakuá respectivamente. Estas lenguas hoy deterioradas, incompletas, incluso "imaginadas" por muchos practicantes que la usan en sus cantos y rezos sin conocer el significado real ni la pronunciación exacta de las
palabras pronunciadas, antes eran (y aún lo son en África) idiomas. De manera, querido Molina, que ni siquiera me gustaría considerarme un "defensor" de lo popular, pues lo veo como un estatus social y cultural totalmente provisional e indeseable, es decir, como un adjetivo peyorativo que fue lanzado hace mucho tiempo desde la élite, desde la hegemonía, para marcar su diferencia, para reforzar su propio prestigio. Pero estoy muy
consciente de que en la práctica a veces es muy difícil estar atentos a estos involuntarios gestos discriminatorios en el uso del lenguaje y no queda más remedio que seguir usando las palabras lo mejor que uno pueda.
Juan Antonio Molina:
Para mi el dialecto es remanente, fragmento, residuo y diáspora, pero en ningún momento eso implica una posición jerárquicamente inferior respecto a una lengua oficial. De hecho, a estas alturas puedo pensar el dialecto como una zona de inestabilidad dentro de la lengua oficial (lo mismo si la lengua oficial es el inglés, el latín o el yoruba). Pero en las condiciones de la cultura contemporánea, el dialecto deviene una zona de inestabilidad dentro de la estructura jerárquica del lenguaje, lo que convierte la noción de "lengua oficial" en un espejismo.
El dialecto es un elemento migratorio, de modo que cuando hablo de una zona "dentro" de la lengua oficial, quiero decir más bien -siempre hablando metafóricamente- que sale y entra (y siempre esto me recuerda el subtítulo de un libro de Canclini: "Estrategias para entrar y salir de la modernidad", que también tiene mucho que ver con esto). De alguna manera, el dialecto termina siendo una función (más que una excrecencia) de la lengua oficial. El lío está en que, cuando lo entendemos así, ya no vale la pena hablar de una "lengua oficial"; lo congruente sería decir entonces que el dialecto es una función de la lengua. Y aquí sí vale la pena copiar un pedacito del texto de Vattimo:
Si, en fin de cuentas, hablo mi dialecto en un mundo de dialectos, seré también consciente de que no es la única lengua, sino cabalmente un dialecto más entre otros muchos. Si profeso mi sistema de valores -religiosos, estéticos, políticos, étnicos- en este mundo de culturas plurales, tendré también una conciencia aguda de la historicidad, contingencia, limitación de todos estos sistemas, comenzando por el mío...

1 comentario:

R.L.R. dijo...

Saludos Molina.
Cartas a Giselle ha sido distinguido con el premio Brillante Weblog. Los detalles en
http://losliriosdeljardin.blogspot.com/