miércoles, 16 de julio de 2008

Dialectos, etc. (Tercera parte: Odara)

Si digo que una computadora es bella, me estoy refiriendo a su diseño, no a su sistema operativo. Si digo que algo está odara, me estoy refiriendo, más que a su apariencia, a su "sistema operativo". Creo que es en la cultura occidental donde se crean la necesidad y los medios para diferenciar la belleza de la funcionalidad. Y creo que todo este proceso pasa por la moral, más que por cualquier otro sistema de pensamiento y juicio. Si la estética se diferencia de la práctica (y ya sabes a quién me refiero) es porque la moral está interfiriendo. Parece que el concepto de "belleza" sólo podía surgir en una cultura donde la moral planteara los límites entre lo utilitario y lo ocioso, o entre lo funcional y lo simbólico, o entre la bondad y el placer (o entre lo sagrado y lo erótico). Por eso pienso que la diferencia entre el arte occidental y las artesanías está marcada más por la moral que por la estética.

Es interesante que Orlando Hernández se refiere al término odara para demostrar que en las culturas de origen africano pueden encontrarse sistemas de significado en los que lo estético no constituye un campo independiente de lo funcional. Yo interpreto, de ahí, que en esas culturas la función restrictiva, axiológica y represiva de la moral no interfiere en la armonía entre lo sagrado y lo erótico (o entre mi cuerpo y el mundo) y que , por lo tanto, la experiencia estética tiene una "configuración" (si esto es posible) más orgánica.

Suponemos que algo "funciona" cuando es capaz de cumplir una función atribuida por la cultura (una función, por lo tanto, utilitaria). Pero también podríamos pensar que algo funciona cuando es capaz de existir en armonía con su universo. Creo que esa armonía entre el universo y "algo", es lo que se resume en el término odara (tratándose de mí, tal vez el término más apropiado sería iré, aunque tiene otras implicaciones, por supuesto). Y coincido con Orlando  Hernández en que ésta es una circunstancia en la que el término "belleza" está de más. Pero no puedo dejar de pensar que esa "armonía" es lo que se pone en juego cada vez que tengo una experiencia estética, es decir, constantemente.

Cuando llamamos "bellas" a las cosas y las circunstancias que nos proveen de placer estético estamos usando el lenguaje que nos "concedió" la cultura occidental para diferenciar el placer de la utilidad. Es lógico que eso nos haga desviar la atención de lo que es verdaderamente importante, que es el placer estético en sí mismo. Pero para concentrarse en eso sólo queda un proceso de especialización que, en parte, sirve para des-contaminar el conocimiento de la pesada carga de la moral.

Para mí las preguntas importantes son: ¿Qué condiciones culturales configuran y contextualizan el (mi) placer estético? ¿Cuáles son las implicaciones sociológicas y estéticas del (mi) gusto? ¿Cuáles son los límites del gusto? Es decir, ¿A partir de qué punto el placer estético deja de estar constreñido por la cultura (o más bien por la moral) y toca en nosotros una zona casi biológicamente configurada para el goce?

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