jueves, 5 de junio de 2008

Mi cuerpo y la modernidad

No pudo distinguir inmediatamente la indicación: el resplandor del mercurio se confundía con el reflejo luminoso del tubo de cristal, la columna parecía haber subido hasta muy arriba, luego parecía no existir. Aproximó el instrumento a sus ojos, le hizo girar de un lado a otro y no distinguió nada. Finalmente, después de un movimiento favorable, la imagen se hizo distinta, la retuvo e hizo funcionar a toda prisa su inteligencia. En efecto, el mercurio se había dilatado, se había dilatado considerablemente, la columna había subido bastante arriba, se hallaba varias décimas por encima del límite de una temperatura normal. Hans Castorp tenía 37,6.
Thomas Mann. La Montaña mágica
800px-Egon_Schiele_043 Egon Schiele. Mujer tendida
No me acordaba de que Egon Schiele era casi un personaje más de Los cuadernos de Don Rigoberto. Incluso hay un capítulo del libro que se titula Las cositas de Egon Schiele. Cuando leí la novela, pensé que era un personaje inventado. Y la verdad, no me importaba mucho. Era noviembre, llovía todo el tiempo y yo tenía tremenda bronquitis. Estaba todo el día en la cama, con fiebre, leyendo. Y sólo paraba de leer de vez en cuando, para tratar de saciar una furiosa necesidad de cópula.
Para mí, la lectura (y la fiebre) han sido vías privilegiadas para tomar conciencia de mi cuerpo. Pero muy pocas lecturas me han hecho sentir mi cuerpo de manera tan exasperante. Iba a decir que solamente La montaña mágica, pero en ese caso no es “exasperante” la palabra adecuada. La lectura de La montaña mágica siempre me llena de languidez y de una sensación de confort y voluptuosidad casi infantil. La primera vez que leí esa novela, también estaba con fiebre. Desde entonces la convertí en mi novela de cabecera, que releía cada vez que estaba agripado o constipado. Con esa novela descubrí la relación erótica entre mi cuerpo y la enfermedad. Y aprendí a disfrutar la enfermedad como una especie de voluntad de mi carne, independiente de mi propia voluntad.
Tal vez lo más “moderno” que tiene esa novela es esa mirada gozosa hacia lo corruptible (y eso incluye la referencia a la guerra, que no deja de estar presente). Pero a la vez que construye un relato sobre el cuerpo, también crea una visualidad, muy coherente con una época en que la fotografía había alcanzado ya su apogeo, y la pintura moderna también estaba dando sus mejores resultados.
desnudo tumbado1910 Gustav Klimt. Desnudo acostado, 1910
Yo dedico mucho tiempo a tratar de entender el por qué prefiero el llamado arte moderno a las cosas que se hacen hoy día. O, para decirlo de otra manera, por qué, cuando me gusta una obra actual, se debe a que encuentro en ella algo que ya estaba presente en el arte moderno. Durante mucho tiempo he pensado que lo que me atrae del arte moderno es que puedo sentir cada obra como una evidencia de la existencia del artista, como si la obra resultara de una transferencia de energía que deja una serie de rastros en el objeto, o como si el objeto mismo pudiera ser comprendido como un trazo, una huella o una prueba de la existencia del artista. Y disfruto mucho la posibilidad de sentirme también "tocado" por esa presencia. Ese carácter de "residuo" de la obra de arte es lo que yo trato de explicar a veces por medio del término "espiritualidad". Incluso la obsesión de muchos artistas modernos por tratar de resolver problemas técnicos y de lenguaje, me parece más bien un deseo y una necesidad de encontrar la forma perfecta para representar lo informe (es como buscar el lenguaje adecuado para nombrar lo innombrable). Ahora me doy cuenta de que, si eso se convierte en un estímulo para mi experiencia estética, es porque toda esa energía repercute en mi cuerpo. Y estoy empezando a convencerme de que la experiencia estética plena es más un asunto del cuerpo que de la mente. Por eso siempre sospecho que hay zonas de intercambio entre lo sagrado, lo erótico y lo artístico. Esos campos se ven cruzados por el flujo de lo estético, y por esa circunstancia común que convierte a la imagen en el referente último de mi cuerpo.
albahaca, ruda y romero Juan Carlos Alom. Albahaca, ruda y romero, 1991
Ese es un tema sobre el que me gustará volver, en una relectura del ensayo de Orlando Hernández sobre la belleza. Porque esa relación entre lo erótico, lo artístico y lo sagrado me permite transgredir ciertos límites -demasiado precisos, para mi gusto- entre el arte occidental y otros sistemas de representación no occidentales. Dejando a un lado las particularidades y las diferencias de matices, mi cuerpo puede reaccionar con igual intensidad frente a una obra de Egon Schieles que mirando la capilla abierta de Actopan o bailando en un toque de santo. Lo que cambia son los mecanismos -sociales, institucionales y represivos, en gran medida- que se establecen para mediar entre mi cuerpo y el objeto.
balthus4 Egon_Schiele_045
Baltasar Klosowski Balthus. Mi joven hija en la ventana. 1957 Egon Schiele. Dos niños
Entiendo que la obra de Loretta Lux te recuerde a Schiele (Orlando dice que a él le recuerda a Balthus). Y seguramente tú ya entiendes por qué esta conversación me hace recordar esa foto de Juan Carlos Alom.
Probablemente este blog nazca de mi necesidad de lograr una escritura que sea un eco del efecto que tiene el arte sobre mi cuerpo y sobre mi memoria...

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