lunes, 9 de junio de 2008

El designio. Proyecto, disfunción y porno-lógica

Fragmento de un texto sobre Ángel Ricardo Ricardo Ríos

Ángel Ricardo Ríos se formó junto a una generación de artistas para quienes la noción de “proyecto” tenía implicaciones muy específicas. Dentro del arte cubano de los años 80 y 90 el término “proyecto” llegó a sustituir al término obra. Y no se trataba solamente de un vicio del lenguaje, sino de una manera particular (y hasta cierto punto, local) de concebir el trabajo artístico y la conformación del sistema producción-distribución-consumo. En ese contexto, que parecía abrirse a un pragmatismo novedoso para el arte cubano, el proyecto pasó a formar parte de una tipología, cuyo centro era la percepción de la obra como proceso, y del objeto artístico como no definitivo.
Podemos entender ese estado de cosas como parte de la politización a que se vio sometido el arte cubano durante ese período. Pero quiero usar un enfoque más general, porque independientemente de la carga ideológica y de la operatividad política que podía llegar a tener ese arte, su lugar común era la producción de objetos enfáticamente subjetivados. Llevado al extremo ese procedimiento, puede suponerse incluso que la obra artística era entendida como la reproducción exasperante de una subjetividad expuesta a contaminaciones, intermitencias y disoluciones, en gran medida previsibles. En todo caso, lo cierto es que muchas veces la producción de la obra de arte no incluía la producción del objeto, sino simplemente su subjetivación. Esa, probablemente, era también una manera local de asimilar la herencia del arte moderno, desde el surrealismo hasta el arte povera, con un claro referente en los aportes de Marcel Duchamp. No por gusto el crítico Antonio Eligio Fernández (Tonel) ha mencionado a Duchamp como una de las presencias “latentes” en el trabajo de Ángel Ricardo Ríos.
También es comprensible que la idea de proyecto se asociara con la noción de utopía. En el contexto sociopolítico del fin del “campo socialista”, la sociedad, y en especial la intelectualidad cubana, no podía menos que cuestionarse la estabilidad de un proyecto de nación basado en un futuro ideal y cada vez más inalcanzable. De modo que, en tanto ideal, el proyecto artístico se planteó también como sustituto efímero y como respuesta metafórica al proyecto político planteado desde el poder. Pero en tanto real, el proyecto artístico parecía reproducir las cualidades de indefinición e irrealización del proyecto político. La nueva psicología del artista cubano incluía entonces una convivencia entre el proyecto y su frustración.
En la obra de Ángel Ricardo Ríos la idea de proyecto sigue siendo importante, y creo que eso se debe en parte a los antecedentes mencionados. En consecuencia, la cuestión del “designio” en su trabajo posee especificidades que tienen que ver con la concepción de la obra de arte y con la preferencia por determinada metodología, tanto como con el aspecto pragmático. Creo que sobre estas especificidades descansa en parte la unidad de su producción, que incluye tanto dibujos y pinturas como esculturas e instalaciones.
Hay una particularidad aquí, y es que esa obra no se proyecta solamente en el sentido en que prevé un resultado, sino también en el sentido en que parece vislumbrar un destino. No es sólo que la obra esté en el futuro del proyecto, sino que la obra, como proyecto, es capaz de sugerir un posible futuro. Es decir, básicamente a lo que nos enfrenta el artista es a la obra de arte como posibilidad. Y esto incluye, inevitablemente, el enfrentarse también a la obra de arte como imposibilidad. Esto yo lo siento lo mismo frente a sus dibujos, claramente realizados como bocetos, que frente a los otros dibujos, concebidos para ser exhibidos como obras en sí mismos. Pero igual lo presiento frente a algunas de sus pinturas tanto como (y esto es lo más inquietante) frente a muchas de sus esculturas.
El proyecto, así entendido, permite incorporar la posibilidad del error como parte de la experiencia artística. De manera más evidente, un objeto cuya forma contradice su función, es un objeto erróneo. El error solamente adquiere legitimidad cuando se acepta al objeto como obra de arte. Pero en ese caso, el error debe ser entendido como una de las posibles funciones de la obra. En consecuencia, la disfunción adquiere un rango funcional en el contexto artístico. De hecho, la disfunción se vuelve una de las claves de la experiencia estética. Al supuesto de que las obras de arte tienden a ser objetos ociosos o a-funcionales, debe añadirse entonces, en casos como el de Ángel Ricardo, la posibilidad de que las obras de arte sean objetos dis-funcionales. Incluso me atrevería a decir que este artista crea básicamente sistemas semióticos disfuncionales, en los que la llamada función/signo es también una disfunción/signo.
Angel-Ricardo-Ricardo-Rios_Arco-Escultura-Roja
La disfunción, en este tipo de arte, fractura lo que debería ser una secuencia lógica entre origen y destino. Obviamente, como toda obra de arte, la de Ángel Ricardo contiene marcas que refieren a su origen. Pero refieren sobre todo a su origen en un momento de la cultura. Por eso siento que su actualidad radica menos en la filiación a una norma estética que en la capacidad para reproducir algunos de los modelos de la cultura visual contemporánea. Claro que es una obra conformada por alusiones, citas y parodias, y esto la pone a dialogar también con referentes estilísticos y conceptuales que se colocan inevitablemente en un punto originario respecto al resultado final. Pero estas relaciones las veo más como parte del juego de yuxtaposiciones textuales que conforman la obra, que como consecuencia de un deseo de legitimación en el pasado. De hecho, yo tiendo a ver la cita y las distintas variantes de intertextualidad como otros modos de manifestarse la funcional disfuncionalidad del texto artístico. En ese sentido, el error es también un texto, como el texto puede llegar a ser un error dentro de otro texto. La intertextualidad es entonces más bien una transtextualidad, donde un texto, atrapado en el cuerpo de otro, convierte toda lectura en un acto dramático.
La obra de Ángel Ricardo se basa en una lógica de rechazo a la nostalgia, de modo que las referencias historicistas que posee funcionan más como una forma elegante de desacreditar la historia del arte que como un argumento de legitimidad. Al final el pasado (incluso el origen) termina siendo parte de una fantasmagoría irónica. Tal vez eso influya en el hecho de que el lugar y el momento de su hipotético destino, son también imaginados como ambiguos o imprecisos.
El énfasis que pone Ángel Ricardo en el designio de sus piezas tiene que ver entonces con ese doble juego que consiste en llamar la atención sobre el futuro de la obra y mantener dicho futuro envuelto en un halo de imprecisión y ambigüedad. Esto lo digo pensando ante todo en sus muebles “esculturados”, cuya hibridez no es solamente de forma o de función, sino que afecta además su propio destino. La pregunta, aunque obvia, no es menos importante: ¿Estos objetos están destinados a la galería o al espacio doméstico? Y en todo caso, ¿El futuro previsible de cualquier obra de arte hoy día no es en última instancia el espacio privado?
Ángel Ricardo podría estar elaborando el designio de su obra, previendo esa suerte de domesticación del signo a que parecen conducir las estructuras económicas del arte contemporáneo. Independientemente (pero tal vez no muy al margen) de que él hace un trabajo cargado de erotismo y con numerosas referencias sexuales (además de una muy particular energía física), el juego con el designio involucra otra arista del erotismo, que tiene que ver con la posesión y el consumo del objeto artístico, tanto como con la percepción y la lectura del signo.
Aquí los pares designio/frustración y deseo/imposibilidad son ejes que articulan la dinámica entre experiencia estética y erotismo. Finalmente una experiencia estética es ante todo una experiencia imaginaria. Y lo mismo puede decirse del erotismo. Y en toda experiencia imaginaria encuentro la dilatación, el desplazamiento, el error y/o la frustración de una experiencia real. Un desplazamiento entre el deseo y la posesión (que es uno de los juegos en que nos involucra la obra de Ángel Ricardo Ríos) equivale también a un desplazamiento entre la ilusión y la realidad. Dentro de esa lógica –que podemos considerar como una porno-lógica- la posesión del objeto está más allá del momento del erotismo, más allá del momento de la imagen y más allá del momento estético. La porno-lógica no la veo tanto en la obscenidad de lo real (lo hiperreal que mencionaba Baudrillard), sino en la tensión entre ilusión y realidad que hace que todo consumo sea ante todo consumo imaginario.
Es cierto que sentarme en uno de los sillones de Ángel Ricardo tiene algo de obsceno, pero es sobre todo porque me saca de una experiencia imaginaria cuyo idealismo radica en la imposibilidad de la posesión...

No hay comentarios: