sábado, 31 de mayo de 2008

El último en morir


Cuando fotografiaba una de las batallas de la Segunda Guerra Mundial, del otro lado del Rhin, Robert Capa anotó en su diario: "Yo tenía la imagen del último hombre que murió. El último día algunos de los mejores murieron. Pero los sobrevivientes olvidarán rápido." La foto a la que se refiere Capa muestra el cuerpo de un soldado muerto a la entrada de un balcón. Abajo, en el primer plano está el charco de sangre espesa, cuya textura se realza por la luz que viene del exterior, otorgándole un sitio privilegiado en la composición. Es una foto resuelta en claroscuros, donde el cuerpo del hombre es apenas un bulto sin identidad, definible más por el brillo del casco y de la sangre que por el propio rostro. La foto no muestra ninguna acción, sino más bien una pausa entre el final de una acción y el comienzo de otra. En esa pausa se destaca el hecho más trascendental y cotidiano de una guerra: la muerte.
Esta, como la mayoría de las fotos de Robert Capa, es una imagen dramática. No sólo por el hecho fotografiado, sino por la forma misma en que se fotografió. Hay un añadido de elementos retóricos destinado a subrayar el significado de la imagen. Por una parte está la relación entre el hombre muerto y el pedazo de paisaje, tal vez apacible, que se ve a través de la ventana abierta, con un par de árboles deshojados. Por otra parte está el contraste entre la luz suave del exterior y la semipenumbra del interior que amplifica la plasticidad de la sangre, no en busca de una belleza pueril, sino como soporte de una metáfora sobre la vida y la muerte.
La muerte no es fotografiable porque no es un hecho, sino un tema. Cuando un fotógrafo trata de fotografiar la muerte como un hecho, como una noticia, como una anécdota, la viste de esa trivialidad que es tan común hoy día en los medios de comunicación.
Si viéramos esta foto de Robert Capa como una simple imagen informativa, nos diría muy poco sobre la guerra. Tan sólo que un hombre murió. Para el record vale saber que es el último muerto de ese combate; pero tal vez fuera el primero del próximo. El cuestionamiento a que induce esta imagen es la utilidad de este muerto y de esta guerra: ¿Servirá de algo a los sobrevivientes?
Creo que todas las fotos que tomó Capa en cinco guerras diferentes estuvieron guiadas por un objetivo común: evitar que los sobrevivientes olvidaran. Aquí es importante señalar la paradójica situación de la fotografía respecto a la memoria. Supuestamente la imagen fotográfica tiene en sí misma todas las potencialidades para servir de receptáculo a un fragmento de nuestra memoria, y para servir de puente, no sólo semiótico, sino también afectivo, entre nosotros y un aspecto de nuestro pasado. Parte del prestigio de la fotografía reside en esa capacidad documental y conmemorativa, en tanto aporta datos sobre una circunstancia pasada y en tanto ratifica, verifica y legitima otros datos aportados por el relato histórico.
Sin embargo, el uso público de la imagen fotográfica tiende a neutralizar su capacidad conmemorativa y tiende a crear un muro de alienación entre la foto y sus receptores. Esa enajenación se expresa en la falta de compromiso entre los espectadores y las imágenes. Sabemos que la foto de hoy será sustituida mañana por otra, tal vez más espectacular, siguiendo (o estableciendo) una temporalidad que es ajena al tiempo real y a nuestra convencional noción de lo histórico. En esa continuidad se disuelven los significados, y junto con ellos, nuestra propia responsabilidad como receptores.
En un conocido ensayo sobre los usos de la fotografía, John Berger expresaba su escepticismo ante la posibilidad de una verdadera asimilación de la imagen en las circunstancias actuales. El suponía que las fotos verdaderamente comprometidas con la
historia -entre las que se encuentran indudablemente las de Robert Capa- encontrarían su
realización total en una circunstancia futura, un "futuro alternativo". La fotografía sería así, en palabras de Berger, “...la profecía de una memoria social y política todavía por alcanzar".
Dado que la posibilidad de un futuro alternativo tampoco se ve muy clara por el momento, yo prefiero pensar en el aprovechamiento de circunstancias de comunicación alternativas, que también existen en el presente, como también es posible encontrar en el presente espectadores o lectores alternativos para la fotografía.
Cuando cubrió el ataque a Troina, un pequeño poblado de Sicilia, Robert Capa escribió que las fotografías tomadas eran simples y mostraban cuan agotadora y poco espectacular era la guerra: "El impacto de las imágenes depende de la suerte y la transmisión rápida, y la mayor parte de ellas no significan nada el día después de su publicación. Pero el soldado que mire estas fotos de Troina, diez años después en su casa de Ohio, podrá decir: Así es como fue".
Probablemente para el fotógrafo fuera ese soldado hipotético el espectador alternativo al que me estoy refiriendo. Un sobreviviente de la guerra, pero también un sobreviviente de la amnesia y la idiotez colectivas.
En dirección contraria a las nociones de heroísmo ya vulgarizadas por los medios masivos, o a los conceptos grandilocuentes en nombre de los cuales se hacen las guerras hoy día, la épica de Robert Capa estuvo basada en un realismo afectivo. En la búsqueda de que el documento sirviera de nexo afectivo entre el individuo y su memoria o entre la sociedad y su historia. Más que un fotógrafo de guerra, Robert Capa fue un fotógrafo de la historia. El tema de su obra fue la situación del individuo frente a las fuerzas de la historia, que lo rebasan y lo aplastan. Esa es su cuestión filosófica. Ahí reside su lado trágico y su verdad estética.
Si los medios masivos actualmente han puesto en crisis la veracidad de las imágenes, no es por la posibilidad de la manipulación (ya que dicha posibilidad siempre ha existido) sino por la trivialidad de los significados. La verdad de una fotografía no debe ser buscada en la información, sino mediante la revisión (y a veces, mediante la subversión) de los significados. Capa quería salvar el significado de sus imágenes de la banalidad y la inmediatez, liberándolas de una circunstancia concreta y convirtiéndolas en documentos de la naturaleza humana. Le confirió a muchas de ellas un carácter simbólico y poético.
No es una poética de las formas buenas ni del impacto fácil, sino del compromiso entre el fotógrafo y lo fotografiado. Tal compromiso se aprecia tanto en las fotos como en los escritos del autor, también excelentes ejemplos de narrativa periodística. La manera en que describe la imagen comentada al inicio es una muestra de ello:
En la esquina había un moderno edificio de apartamentos, desde donde se dominaba el puente, y yo subí hasta el cuarto piso para ver si la última foto de los hombres de infantería que avanzaban pudiera ser la última foto de la guerra para mi cámara. Instalando una ametralladora para cubrir la avanzada, un sargento y uno de sus hombres salieron hacia el balcón desprotegido. Los miré desde la puerta. Cuando la ametralladora estuvo lista el sargento regresó. El joven soldado comenzó a disparar.
El último hombre disparando la última arma no era muy diferente del primero. Por el momento las fotos irían a Nueva York, nadie querría publicar las fotos de un simple soldado disparando un arma ordinaria, Pero el chico tenía un rostro joven, abierto, limpio, y su arma todavía estaba matando fascistas. Apreté el obturador, mi primera foto en semanas y la última del chico vivo.
Silenciosamente, el tenso cuerpo del tirador se relajó y cayó hacia atrás dentro del departamento. Su rostro no cambió, excepto por un estrecho hoyo entre sus ojos. El charco de sangre creció junto a su cabeza caída, y su pulso dejó de latir...
Una versión de este artículo fue publicada en Replicante número 15

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