lunes, 12 de mayo de 2008

Arqueologías de Ernesto Ramírez



Ernesto Ramírez busca poner esta ciudad, tan aplastante, a una escala humana y lo que encuentra es detritus. La escala humana es aquí la escala del desecho. Es la basura lo que le da un perfil humano al entorno. Es la ruina lo que testimonia nuestra actividad y nuestra presencia. Son la impureza, la fealdad, la estridencia y la falta de armonía las que constituyen aquí el espacio de la experiencia estética. Y la experiencia estética de un espacio caótico, difícil de subordinar a una medida y difícil de sustraer de ese orden propio que es el azar. Tal vez por ahí puedan descubrirse las claves de una poética de la acumulación y de la improvisación. O las claves de esa especie de aleatoriedad que enfrenta cualquier trabajo fotográfico realizado en las calles de la ciudad de México, aun cuando se mantenga en los límites de lo documental o lo testimonial, y aun cuando parezca surgir y mantenerse dentro de los límites de lo previsto.
Casi por azar he dado con una palabra clave para comenzar un comentario sobre el trabajo de Ernesto Ramírez: lo previsto; lo pre-visto.
Esta es una ciudad muy fotogénica. Hay que estar muy ensimismado para no mirar fotográficamente esta ciudad. Y hay que estar muy anestesiado para no cargar con una cantidad creciente de imágenes latentes. De imágenes pre-vistas. Una ciudad así es el reino de lo pre-visto. Tanto caos sólo puede sostenerse en el reino de la pre-visión.
Es difícil hacer aquí una fotografía que no sea pre-vista. Y es por eso que las fotografías de Ernesto Ramírez me agradan, pero no me sorprenden. Están –y quiero creer que eso es un mérito- demasiado cerca de la ciudad y demasiado cerca de mi escala. No estoy cuestionando su “originalidad” respecto a las normas y lo hábitos visuales que ya ha popularizado toda una tradición de fotografía en las calles del DF. Estoy señalando su cotidianidad y su inmediatez. Su apego a la intrascendencia.
Parecería que ese apego a lo inmediato se contradice con la intención de prever un futuro para lo fotografiado. El supuesto de una arqueología conecta la realidad espacial dentro de una escala temporal en la que el pasado adquiere un valor en tanto residuo. Desde una perspectiva arqueológica el pasado es fragmento, remanente, nunca totalidad, nunca integridad. Como alusiones al pasado, las fotos de Ernesto Ramírez siguen conservando la inmediatez. Eso es lo que tienen de gestual muchas de esas fotos. Todavía puede sentirse la presencia o la persistencia de las personas que intervinieron en esa realidad fotografiada. Porque esas fotos en verdad tratan de eso: de la intervención casual o intencional, en la fisonomía y sobre la epidermis de la ciudad. Incluso hay momentos en que sospecho que el propio trabajo del fotógrafo también incluyó intervenciones, más o menos clandestinas, más o menos subrepticias, más o menos marginales. Ese es el toque irónico que puede tener esta obra de Ernesto Ramírez, pues tanta fidelidad a lo fotografiado resulta en un roce con lo artificial, con lo performático y con lo inconcluso. Entre el accidente y el incidente. El fotógrafo, buscando lo accidental, ha terminado incidiendo, o tal vez, simplemente reincidiendo.
Como se ve, aunque la idea de lo arqueológico parece depender de la posibilidad de un futuro hipotético, lo cierto es que el trabajo de Ernesto Ramírez está más concentrado en el pasado inmediato. Y es que, en realidad, ya una arqueología del DF sólo es posible en la imagen. Sólo es posible como fantasía estética. Sólo es posible como ensayo.
Lo que tiene de ensayo visual esta obra de Ernesto Ramírez radica sobre todo en esa puesta en práctica de una experiencia de lo real junto con su contrario. Ensayar es, ante todo, tantear las distintas posibilidades de verdad que tiene un discurso. Y eso obliga a reunir en cada discurso su propio contra-discurso. Junto con una posibilidad de futuro, Ernesto Ramírez ha imaginado un posible pasado para poder ensayar las distintas opciones del presente. Por eso, cada una de esas fotos pudiera estar negándose a sí misma. Aquí lo urbano, lo utópico, la belleza y la civilización conviven con sus antónimos. Como el arte mismo parece convivir con la posibilidad de todos sus contrarios.
Juan Antonio Molina

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