miércoles, 12 de diciembre de 2007

Conversación con Manuel Piña (2)

Estoy de acuerdo contigo. Creo que definir el arte es ocioso si se mira desde la perspectiva de institución. Sobre todo porque ya existe un término muy preciso: es un mundillo -con todo lo peyorativo que el término encierra.

Sin embargo tengo razones que me obligan a intentar otras perspectivas. Primero está mi empeño en ser artista. Luego -cronológicamente- viene el hecho de que me gano la vida tratando de convencer a otros de la importancia del arte y de practicarlo, de lo que, obviamente, me tendría primero que convencer yo mismo. Por suerte este convencimiento ha estado en mí hace tiempo. Fue precisamente lo que me atrajo a hacer arte. Vino del encuentro con lo que se estaba cocinando en La Habana en los 80's y de su vocación de diálogo social. El reto que entonces asumieron los artistas -crear un espacio para la discusión y el debate públicos allí donde el cada rincón (físico e ideológico) era controlado- fue una revelación de posibilidades que desde entonces están en el centro de mis preocupaciones.
Hay ahora un momento de crisis en términos de las herramientas para definir y calificar lo artístico. No es un problema nuevo, Duchamp puso a todo el mundo en jaque hace tiempo. Pero ahora la situación se hace cada vez más difícil para estetas y filósofos -los sociólogos tal vez la están teniendo más fácil-. Hay cada vez mas gente ofreciendo almuerzos gratis, fabricando paredes, fornicando o cagándose en público y llamando todo esto arte. Y es ciertamente muy difícil entender o valorar todo esto si en la ecuación no se incluye lo ético. Esto ha estado claro en muchos artistas desde siempre, mucho del mejor arte latinoamericano es un buen ejemplo. Lo nuevo para muchos es tener que aceptar el hecho de que la relación del arte con lo estético es secundaria. Es lo ético el verdadero centro. No es una situación nueva, sólo más evidente en este momento.

Podría ser que el arte esté volviendo al papel y la relación que tuvo con la vida antes del Renacimiento. O tal vez, al fin, DADA ha triunfado. En cualquier caso como definición creo que la de Fluxus -como yo la entiendo- sería muy útil: un empeño a ultranza en insinuar y provocar una posibilidad distinta de existir, de relaciones con la realidad y el entorno. Y esta posición se me hace imperativa en momentos en que conocemos más de la vida de Brad Pitt que de aquellos en nuestra familia que no tienen acceso a Internet; en los que el Mall (que leído en español , aún con esa "l" adicional, enuncia su esencia) se nos erige como el único espacio para encontrarse y encontrarnos.

2.
Imagen, lo imaginario e imaginación son problemas recurrentes y exigen ser revisitados cada vez. Pero tal vez sería más cómodo -para los fines de esta conversación y al menos por ahora- no abordarlos por separado. Hay muchas intersecciones entre estos tres términos que es difícil diferenciar. También hay aspectos que sólo vistos en conjunto se pueden entender. Te propondría operativamente usar el término "lo imagen": neutralizarlos en género y reducirlos en número; unirlos para discutir su alcance e importancia en nuestra existencia. Te propongo mirarlo como un proceso cognitivo que incluye, pero no se limita a la experiencia estética y que puede o no llegar a articularse en forma de poema, un objeto o un concepto.
Es un término más general, pero puede ser útil porque elimina ambigüedades. Por ejemplo, lo imagen (que no la imagen) sí lo puedo entender como una forma de conciencia. Y sin lo imagen no creo que pueda haber experiencia, estética o no.
No te estoy proponiendo un concepto nuevo, solamente quisiera alejarme de las precisiones para discutir con más libertad sin ceñirnos necesariamente al campo estético que te repito, no considero central en una discusión sobre arte hoy.
La imagen sería entonces el paso último dentro ese proceso y visto de esa manera tiene un alcance más amplio que el estético. Es en ese campo amplio que trato de pensarla con mi trabajo.


Manuel Piña
Vancouver, 2007

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