viernes, 7 de diciembre de 2007

Conversación con Manuel Piña (1)

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Yo sé que es una tarea difícil definir el arte. Y en parte creo que es también una tarea ociosa. De hecho me parece mucho más importante (al menos desde una perspectiva filosófica) el tema de la imagen (o de lo imaginario) que el tema del arte o de lo artístico.
Es decir, creo que es más crucial como objeto de estudio, en el terreno profesional en que me muevo, el fenómeno estético que el fenómeno artístico. Y eso tiene muchas implicaciones, pues si nos concentramos en el arte seguimos moviéndonos en un campo institucional y en un campo disciplinario (en el sentido, casi “político” que tú mismo le das al término “disciplina” en tu obra reciente). Desde ese campo institucional, la práctica artística aparece como exclusivista, autosuficiente y autocomplaciente.
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Mantener este planteamiento me obliga, primero, a sugerir las diferencias entre lo estético y lo artístico y, segundo, a tratar de esbozar las vías por las que lo estético es replanteado hoy en día desde el arte.
Y aquí es donde vuelvo al tema de la imagen, puesto que entiendo lo estético como un sistema (más empírico que teórico, más intuitivo que racional) que se organiza alrededor de un núcleo constituido por lo imaginario. Para mí la imagen, lo imaginario y la imaginación sólo son accesibles por medio de una experiencia estética. Y fuera de ese territorio, cualquier experiencia estética sería inconcebible. La imagen surge para solucionar la angustia que provoca lo no comprobable. Y surge como extensión de lo real. Casi como extensión “terapéutica” de lo real. El ser humano no soportaría las exigencias derivadas de ser un sujeto cognoscente, si no fuera porque es un sujeto imaginario (esto es: un sujeto que es imaginado, que imagina y que se imagina a sí mismo). Casi todo lo que deseamos, casi todo lo que tememos, casi todo lo que gozamos, está resumido en términos de imagen. Es la imagen lo que absorbe todo nuestro placer y toda nuestra angustia por estar vivos y por tener conciencia de que moriremos.
Lo más importante de ser un sujeto cognoscente es que uno tiene conciencia de la muerte. A mí me parece indiscutible que si no tuviéramos conciencia de la muerte no existirían las religiones. Hay una distancia entre la magia y la religión, pero en el origen de ambas, y en el tránsito entre una y otra, está la omnipresencia de la imagen. También hay una distancia entre el mito y la historia, por ejemplo; pero en el tránsito de un campo a otro (y en la frontera, a veces difusa, entre ambos) también está el peso de lo imaginario. Y donde quiera que esté el peso de lo imaginario, hay un consumo estético de la realidad. Creo que la historia es una manera de consumo estético de la realidad, como lo es también la mitología o la poesía (y aquí puedes notar la manera, tal vez burda, pero no menos honesta, con que asumo el pensamiento de Lezama). Creo que lo es la magia, tanto como la religión, creo que lo es la pornografía tanto como lo es el amor. Creo que lo es el ritual tanto como lo es el arte.
Recuerdo las lecciones de marxismo que nos daban en la escuela, cuando nos decían que la religión, por ejemplo, era una forma de conciencia social. Supongamos que es así. Pero entonces debemos aceptar que toda forma de conciencia social es una conciencia imaginaria. O, como dice Jean Paul Sartre, que la imagen es una forma de conciencia.
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El arte no es una forma de conciencia. El arte sería, en todo caso, una forma lingüística de organizar y explotar esa forma de conciencia que es la imagen. Pero sería también, por lo tanto, una forma política, social e institucional de organizar lo imaginario. Es decir, una forma de administrar lo estético. Si muchos historiadores sugieren que el período del Renacimiento fue el contexto idóneo para el surgimiento de lo artístico, más o menos en los términos en que lo conocemos hoy día, es probablemente porque en ese momento se dieron las condiciones políticas y económicas para la administración de lo estético, de acuerdo a una racionalidad moderna. En las sociedades donde imperaban el mito y el ritual (en sus conformaciones más “primitivas”) no se usaba el término “arte”. Éste solamente es usado en las sociedades donde imperan la historia y la política. Es decir, donde imperan estructuras modernas para la administración de lo imaginario. Y aquí, el término “administración” conserva sus implicaciones económicas, sobre lo cual supongo que hablaremos en algún momento.
Juan Antonio Molina

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