miércoles, 10 de octubre de 2007

Emplazamientos y desplazamientos (2)




El lugar
En un breve, pero imprescindible ensayo, Martin Heidegger propone la posibilidad de que la relación entre arte y espacio sea pensada a partir de la experiencia del lugar y del paraje. El lugar como sitio de confluencias, como función congregacional del espacio. El lugar que se abre a las cosas y las retiene en su interdependencia. El lugar que se convierte en paraje, precisamente en virtud de su capacidad para reunir y retener. El lugar-paraje, que “custodia” las cosas en tanto pertenecientes unas a otras, pero sobre todo, en tanto pertenecientes al lugar, y en tanto el lugar les pertenece a ellas. La copertenencia, tal como la plantea Heidegger, llega al punto en que las cosas no solamente pertenecen a un lugar, sino que son el lugar. Un punto de partida muy prometedor para analizar la escultura en su relación con el espacio (lo que parece uno de los objetivos del ensayo de Heidegger), pero sobre todo, para advertir tras ese tránsito desde la lógica del monumento a la del campo expandido (Rosalind Krauss) otro tránsito explicable con términos más familiares: de la escultura, como volumen contenido en la forma, a la instalación, como espacio en expansión.
El mismo Heidegger acude al término, ya hoy bastante común, para, desde su función verbal, concederle toda la fuerza de la acción: “¿Cómo acontece el espaciar? ¿No consiste en el emplazar, y no consiste éste, a su vez, en la doble tarea del permitir y del instalar?” Espaciar es crear espacios. Según Heidegger, esta creación se da en el acto del emplazamiento. Es el emplazamiento (o la instalación) lo que convierte el lugar en un paraje, un habitáculo donde existe la cosa. Y es el emplazamiento el que propicia que la cosa sea el paraje, disolviendo los límites entre lo exterior y lo interior o, al menos, restándoles importancia.
Heidegger concluye negando que la escultura sea una conquista del espacio: “La escultura sería la encarnación del lugar; una encarnación que, cuando abre un paraje y lo custodia, mantiene lo libre reunido a su alrededor, presta permanencia a cada una de las cosas y otorga al hombre un habitar en medio de ellas.” En consecuencia, el volumen dejaría de funcionar como ese límite entre distintos espacios que marca la distancia entre el adentro y el afuera. Objeto escultórico y lugar se fundirían en la instalación.
Aun cuando esta disquisición va dirigida, o al menos soportada, por un análisis de la escultura (entendida, desde mi punto de vista, más bien como instalación), es difícil abordar el tema sin pensar en la fotografía. Primero, porque las diferencias entre lo plano y lo profundo, lo bidimensional y lo tridimensional, la superficie y el espacio, no serían ya suficientes para separar al objeto fotográfico del objeto escultórico. Segundo, porque el arte fotográfico ha sido, desde su origen, una forma de emplazamiento. La fotografía es una de las formas de sustitución más sofisticadas en la época contemporánea. Y es esencialmente una forma de sustitución de lugares.
La fotografía no porta, ni siquiera duplica, el lugar fotografiado; simplemente lo sustituye –lo desplaza- por otro lugar, hasta el momento inédito. Y esto no funciona solamente con la foto de paisajes o de lugares. Cuando enfrentamos el retrato, la naturaleza muerta o cualquier otra variante de fotos de sujetos y objetos, asistimos también a un desplazamiento de lo fotografiado desde su lugar de origen hasta el nuevo lugar que les provee la fotografía. El emplazamiento pasa por el desplazamiento. Y ahí radica cierta dosis de violencia que tiendo a percibir en el acto fotográfico.
Foucault considera el emplazamiento como la manifestación de las relaciones con el espacio en la sociedad contemporánea. Lo define por relaciones de vecindad, de contacto, de cruces entre distintos elementos. Lo visualiza con estructura de red, de serie, de cuadrículas. Lo caracteriza por su promiscuidad y, también, por la interdependencia. Lo jerarquiza históricamente a partir de la hipótesis de que la inquietud fundamental de la cultura contemporánea tiene que ver básicamente con el espacio, y no con el tiempo. Y lo encuentra también estrechamente vinculado con los desplazamientos y las migraciones de diferentes elementos, de lo que resultaría una persistente dosis de inestabilidad.
Lo más interesante es esa clasificación que hace de ciertos emplazamientos particulares -las utopías y las heterotopías- que, en su opinión, tienen la propiedad de relacionarse de manera subversiva con todos los demás, invirtiendo las relaciones que éstos representan. Las utopías, por tratarse de emplazamientos sin lugar real, sin equivalencias o analogías en la sociedad. Las heterotopías, lugares reales con una cualidad reflexiva, especie de contraemplazamientos, o utopías hechas realidad, en las que se ven representados, invertidos y contestados los otros emplazamientos reales. Entre ambos tipos de emplazamientos estaría el espejo, que Foucault considera como experiencia mixta o intermedia:
El espejo es al fin y al cabo una utopía, pues es un lugar sin lugar. En el espejo me veo donde no estoy, en un espacio irreal que se abre virtualmente detrás de la superficie; estoy allí, allí donde no estoy, una suerte de sombra que me da mi propia visibilidad, que me permite mirarme allí donde estoy ausente: la utopía del espejo. Pero es igualmente una heterotopía en la medida en que el espejo existe realmente y en virtud de que tiene una especie de efecto recíproco con respecto al lugar que ocupo: es a partir del espejo cómo me descubro ausente del lugar en el que estoy, porque me veo allí.
Siempre que acudo a este texto de Foucault, lo hago con la secreta esperanza de demostrar que la fotografía ocupa un lugar similar al del espejo. No tanto por su presunta capacidad reflexiva, o por su ilusoria cualidad especular, cuanto por su capacidad para reemplazar sitios reales y recolocarlos de una manera tan precisa en el espacio de lo imaginario. Creo que ningún objeto, como la fotografía, logra ubicarse de un modo tan consistente en esa frontera entre la imaginación y la realidad. Y ninguno logra, desde esa posición fronteriza, tal grado de conexión con la conciencia, la memoria y el desenvolvimiento de la sociedad moderna. Pues, en última instancia, lo importante no es si ubicamos o no a la fotografía en ese límite entre lo utópico y lo heterotópico, sino el poder comprobar que solamente desde ese límite la fotografía podía haberse convertido en un elemento tan recurrente dentro del imaginario colectivo, y, en consecuencia, en un instrumento tan eficiente dentro de los rituales de la sociedad contemporánea.
continuará...
(fotografía de Gabriel Orozco)

1 comentario:

navarro, rodrigo dijo...

Cuanto a los desplazamientos que provoca la fotografía, tú mencionas que ella tiene una capacidad para reemplazar lugares reales y yo pienso que no reemplaza, sino que crea lugares reales y sí, como tú dices posteriormente los coloca en el imaginario. O sea que la fotografía primero hace un emplazamiento en la realidad sin que por ello este reemplazando a la realidad misma ya que la fotografía me atrevería a sostener que es sinónimo de espaciar y digo esto porque parto de la definición Heidegger, por ello no me queda claro ese punto y bueno lo que sigue es un poco la explicación a lo que yo propongo:


La fotografía no sustituye, ni reemplaza -dentro de la realidad- sino que crea a partir del espacio -la realidad- nuevos parajes.


Los parajes "fotográficos" yacen inmóviles a la utopía, para poder mantener su heterotopía, en este caso lo que difiere de la fotografía al espejo. Es que este segundo -el espejo- permanece bajo una línea de movimiento sin que por ello sacrifique sus condiciones -utópica/heterotopicas-, cualidad que escapa a la naturaleza fotográfica.



La fotografía entonces pareciera ser un paraje inamovible, un ser que es prisionero de sí mismo, de la utopía, un ser -espacio, paraje- que al estar en esta condición -inamovible- escapara del imaginario. Pero la fotografía tiene un *estado latente que pertenece y pertenecerá al imaginario y este estado se presenta antes de dar "vida" al nuevo paraje, esto transforma a la fotografía en un acto de fe, condicionándola a lo imaginario.



Por ello, yo creo que la fotografía no sustituye, ni reemplaza -dentro de la realidad-, solamente provoca emplazamientos en ésta y en el imaginario detona los desplazamientos.




*Cuando hablo de su estado latente hago referencia al proceso por el cual se hace presente la foto. Ese estado es cuando el negativo esta expuesto y aún no es revelada, la imagen en él pertenece al imaginario y el hecho de sacarla del imaginario, de su estado latente, se vuelve un acto de fe.

Bueno ese fue mi porque no estoy de acuerdo en ese punto, en cuanto a lo demás no hay nada que buscarle a mi parecer.